Mi amado cadáver

Khar Asbeel

Poeta fiel al portal
Fue un beso jodidamente bueno.


Bastante bueno.


Así es como ella besaba.


Un estallido, una tormenta, el salvaje despliegue de deseo contenido, inconcluso y dispuesto. El filo próximo de una navaja, un rojo abismo de encono tumultuoso, rabia primitiva en lubrico hervor.


Así es como ella besaba.


Su boca bullía en un gusto a sangre y miel; agridulce ponzoña. Su aliento quemaba y embriagaba como una maldición. Su saliva era el más dulce veneno; tan dulce que no podías dejar de beberlo, tan letal que sabias que pronto te mataría.


Por eso me adelante.


Autodefensa. Instinto de conservación. Pueden llamarlo de cualquier modo.


Sobreviví.


Fue un beso jodidamente bueno.


El ultimo.


Antes de matarla.


Su cuerpo brillaba en esplendida desnudez sobre la cama. En la penumbra de la habitación parecía una luna sonámbula, extraviada, gravitando errante en un mar sin tiempo, sin estrellas, ajena a toda muerte o toda vida.


Me senté a su lado, para contemplar cómo se enfriaba su belleza.


Pero su belleza se negaba a enfriarse, a perturbarse. Las horas se derramaban con desgano y ella aún seguía tan cálida y tersa, como antes de que mis manos rodearan su cuello.


Era tan hermosa, tan fascinante. Sus parpados clausurados lucían tan tranquilos y su boca era roja como una herida.


Dos veces fornique con ella, con su cadáver.


Fue más bello, más placentero que cuanto estaba viva. Su entrega fue total, sin restricciones; plena en su mutismo. Su piel estática, su carne sin temblor me quemaba con un fuego helado que no podía comprender, pero que me llenaba hasta lo más íntimo.


Sentí que sonreía.


Por un momento creí que sus muslos me envolvían, comprimiéndome ansiosa, como siempre lo hacía al llegar a la cumbre.


Mentira.


No había latido en su pecho ni aliento en sus pulmones.


Estaba muerta.


Nunca la había amado como entonces. Y nunca me sentí tan querido por ella.


Thanatos copula en el mismo tálamo que Eros.


La ame en muerte con más intensidad que en vida ¿Sera porque la muerte es infinita, mientras la vida en apenas un atisbo en el tejido de la realidad?


La bañe, la vestí, la peine y la guarde en el armario.


Es anoche dormí con una sensación de satisfacción tan grande que desperté sintiéndome cósmico, astral e infinito.


Fui a buscarla. No porque necesitara su presencia, sino porque me había acostumbrado a ella.


Al abrir el armario vi que ya no estaba.


No me importo.


Siempre supe que tarde o temprano me dejaría.


El sol estaba alto en el cielo y la vida, desbordante, se desparramaba en todas las calles. Tantos rostros tan iguales. Tantas manos, tantas voces. Un desfile interminable de quimeras nebulosas, sin sustancia, sin nombre.


¿Dónde estará, que hará de ahora en adelante mi amado cadáver? No se llevó dinero, ni ropa. Huyo con el ligero vestido, bastante revelador, que le compre aquel en que por fin encontró trabajo después de un año. Me encantaban sus piernas y me excitaba pensar que alguien más se excitaba mirándoselas. Nunca fui egoísta.


Pero siempre supe que me dejaría.


Nada bueno permanece mucho tiempo.


Me vestí y salí a la calle.


“La vida es una porquería” pensé.


Desde una azotea un perro descargaba su rabia ladrando a los transeúntes.


Sabia como se sentía.

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