Dieguinho22
Poeta recién llegado
Me encuentro enamorado, desde que ella llego a mi vida con la intensidad de una estrella fugaz, es la luz que guía mi sendero mas putrefacto.
En la vida hay personas que pasan como un tren bala sin regreso. Pero ella no. Ella cambia el clima a su antojo anímico, deja huella como quien pisa la luna por primera vez y se funde con la eternidad de quien sabe que por ahí no llegara nadie mas: como el mar que insiste en besar la orilla, como el sol que impacta con su basta energía y arde como quien sabe dar calor.
Ella es un desayuno a las 8 de la mañana en Paris que emana una tranquilidad absoluta: tibia, delicada, inevitable. Es ese instante donde el día no sabe si va a ser triste o hermoso, y basta su presencia para descubrirlo.
Es una góndola perdiéndose despacio entre los canales de Venecia, mientras la tarde se derrama dorada sobre el agua cristalina; esa sensación de que uno no requiere llegar a ningún lugar, porque amarla y verla es el destino perfecto.
Es la lluvia sobre los tejados de Londres, cuando todo huele a historia y a promesa.
Es la forma en que el mundo baja la voz cuando ella habla, como si hasta el tiempo se detuviese para escucharla.
Como las calles de Kioto en primavera: esos cerezos que florecen una vez al año sabiendo que su belleza deslumbra a cada persona que pasa por su lado incendiando los aires de pétalos sobre un camino celestial.
Así es ella: una ternura tan feroz que desarma, una sublimidad tan limpia que parece inventada por un dios enamorado.
Ella es como el tinto cargado en una madrugada de Estambul, con el alma despierta y el corazón sin defensa.
Como el vino dulce de una noche en Mendoza, donde se comprende que existen placeres que no solo se toman: se gozan y se agradecen.
A veces me detengo a pensar que amarla es como caminar por Nueva York de noche: luces cálidas en cada esquina, una algarabía por cada sendero, vértigo, y aun así sentir que fue posible encontrar un hogar en una sola mirada.
Y otras veces es mas sencilla: como sentarse frente al mar en Cartagena y allí descubrir que la felicidad y la plenitud si existen, pero llevan su nombre.
Porque ella no es solo mujer.
Ella es un país entero, es el puerto del océano, una estación de tren en medio de la naturaleza, un idioma que mi alma ya sabia antes de nacer.
Son todas aquellas canciones y poemas que nunca se escribieron y todos los viajes que aun no he realizado.
Si la vida tuviese voz propia, cantaría como ella ríe en días de comedia.
Si la esperanza tuviera cuerpo, tendría su esplendida silueta.
Y si el amor pudiera escoger un rostro para quedarse en el mundo, elegiría su rostro deslumbrante sin duda alguna.
La observo y comprendo que vivir no era respirar.
Vivir era: descubrir que alguien pudiera contener el aroma de Suiza, las aguas del Mediterráneo, las noches de Noruega y las primaveras de Países Bajos, y aun así seguir siendo mas inmensa que cualquier mapa.
Por eso atesoro su compañía.
Porque en ella encontré el canto a la vida:
ese himno secreto que retumba cuando dos almas se reconocen y conectan con el universo, que por un segundo, deja de expandirse para contemplarlas.
En la vida hay personas que pasan como un tren bala sin regreso. Pero ella no. Ella cambia el clima a su antojo anímico, deja huella como quien pisa la luna por primera vez y se funde con la eternidad de quien sabe que por ahí no llegara nadie mas: como el mar que insiste en besar la orilla, como el sol que impacta con su basta energía y arde como quien sabe dar calor.
Ella es un desayuno a las 8 de la mañana en Paris que emana una tranquilidad absoluta: tibia, delicada, inevitable. Es ese instante donde el día no sabe si va a ser triste o hermoso, y basta su presencia para descubrirlo.
Es una góndola perdiéndose despacio entre los canales de Venecia, mientras la tarde se derrama dorada sobre el agua cristalina; esa sensación de que uno no requiere llegar a ningún lugar, porque amarla y verla es el destino perfecto.
Es la lluvia sobre los tejados de Londres, cuando todo huele a historia y a promesa.
Es la forma en que el mundo baja la voz cuando ella habla, como si hasta el tiempo se detuviese para escucharla.
Como las calles de Kioto en primavera: esos cerezos que florecen una vez al año sabiendo que su belleza deslumbra a cada persona que pasa por su lado incendiando los aires de pétalos sobre un camino celestial.
Así es ella: una ternura tan feroz que desarma, una sublimidad tan limpia que parece inventada por un dios enamorado.
Ella es como el tinto cargado en una madrugada de Estambul, con el alma despierta y el corazón sin defensa.
Como el vino dulce de una noche en Mendoza, donde se comprende que existen placeres que no solo se toman: se gozan y se agradecen.
A veces me detengo a pensar que amarla es como caminar por Nueva York de noche: luces cálidas en cada esquina, una algarabía por cada sendero, vértigo, y aun así sentir que fue posible encontrar un hogar en una sola mirada.
Y otras veces es mas sencilla: como sentarse frente al mar en Cartagena y allí descubrir que la felicidad y la plenitud si existen, pero llevan su nombre.
Porque ella no es solo mujer.
Ella es un país entero, es el puerto del océano, una estación de tren en medio de la naturaleza, un idioma que mi alma ya sabia antes de nacer.
Son todas aquellas canciones y poemas que nunca se escribieron y todos los viajes que aun no he realizado.
Si la vida tuviese voz propia, cantaría como ella ríe en días de comedia.
Si la esperanza tuviera cuerpo, tendría su esplendida silueta.
Y si el amor pudiera escoger un rostro para quedarse en el mundo, elegiría su rostro deslumbrante sin duda alguna.
La observo y comprendo que vivir no era respirar.
Vivir era: descubrir que alguien pudiera contener el aroma de Suiza, las aguas del Mediterráneo, las noches de Noruega y las primaveras de Países Bajos, y aun así seguir siendo mas inmensa que cualquier mapa.
Por eso atesoro su compañía.
Porque en ella encontré el canto a la vida:
ese himno secreto que retumba cuando dos almas se reconocen y conectan con el universo, que por un segundo, deja de expandirse para contemplarlas.