Mi eterno aposento
Llegarás, dibujada
en un lienzo maltrecho,
imponiendo silencio
a mi cuerpo ya viejo.
Las arrugas del tiempo
de tu tez cenicienta
ahondarán mis adentros,
penetrando mis huesos
como un soplo del cierzo,
como el frío aguacero,
como el triste badajo
que acompasa a unos rezos.
Y mis ojos, despacio,
se hundirán en los huecos
de vacíos perpetuos,
¡donde mueren los sueños!
Sin sollozos, ni abrazos,
ni el calor de unos besos,
diluida mi esencia
por el vago recuerdo.
El color apagado,
y un sonido, ya lejos,
desvanecerán mis párpados
con mi último esfuerzo.
Y te irás, anidada,
en un cuenco de hielo
que ha vertido su sombra
a lo largo del lecho.
Ya llegada la hora,
sin perderse en lamentos,
¡tú serás la señora
de mi eterno aposento!
Llegarás, dibujada
en un lienzo maltrecho,
imponiendo silencio
a mi cuerpo ya viejo.
Las arrugas del tiempo
de tu tez cenicienta
ahondarán mis adentros,
penetrando mis huesos
como un soplo del cierzo,
como el frío aguacero,
como el triste badajo
que acompasa a unos rezos.
Y mis ojos, despacio,
se hundirán en los huecos
de vacíos perpetuos,
¡donde mueren los sueños!
Sin sollozos, ni abrazos,
ni el calor de unos besos,
diluida mi esencia
por el vago recuerdo.
El color apagado,
y un sonido, ya lejos,
desvanecerán mis párpados
con mi último esfuerzo.
Y te irás, anidada,
en un cuenco de hielo
que ha vertido su sombra
a lo largo del lecho.
Ya llegada la hora,
sin perderse en lamentos,
¡tú serás la señora
de mi eterno aposento!
A G. Adolfo Becquer.
A la propia muerte.
A la propia muerte.
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