Tengo derecho de vivir muriendo,
a mi forma y en mis condiciones,
el mismo derecho de cuando decidí sonreír
y evaporar mis tristezas.
Si es verdad que estoy condenado
que sea a la libertad de mis pensamientos
a la amargura de mis frustraciones
concretas y cristalinas hasta el momento.
Porque tengo derecho a llorar de rabia
y hacerle al dolor su monumento,
soberbio, firme y austero.
Aunque no lo vivo siempre lo siento
el futuro que me quema,
la soledad que me espera.
Porque me tengo y no me tengo,
me pierdo y no me encuentro
si he de morir algún día
que ese día se hoy con los ojos abiertos.
Solo anhelo la locura en mi mente
si y sólo si los locos no piensan ni sienten,
fijar mi mirada a donde sea
y ese lugar sea el de mi entierro.
Que nada me quede,
ni el abecedario de mi infancia,
ni los sinsabores de esta nostalgia,
ni la imagen de quien me dio la vida,
no porque no la quiera
es que me duele verla
mas frágil, mas tierna
y es por ella por quien me cuesta morir.
Y es que pienso en quienes me rodean
hasta los que no saben quien soy
aunque no creo que nadie lo sepa, ni siquiera yo.
Como quien juega a ser Dios
hoy vivo, mañana no.
Morimos de tantas formas
pero solo en una dejamos de respirar
y le regalamos al mundo nuestro último aliento.
Cuando siento seca la boca
es entonces que el paladar reacciona
se llena del sabor de las lágrimas
de quien alguna vez se amé
en algún viejo colegio,
un día importante para mi,
tan importante que todavía lo recuerdo,
y me pregunto ¿qué será de ella?
quisiera saber la respuesta
justo ahora que no se de mí.
¿Donde quedarán mis memorias cuando me vaya?
supongo que en el mismo lugar de mis preguntas
flotando entre el aire y el suelo.
¿Quién oirá la canción que escucho a diario
desde hace tantos años?
tal vez se pierda su última nota,
o mejor aún, que alguien la encuentre vagando
la adopte y la convierta en una inmortal sinfonía.
No se donde acaban mis palabras,
si es que algún día acaban, yo se que sí,
pero me gustaría pensar que no,
las mías siempre acaban con el sueño,
con nostalgia y un punto final.
a mi forma y en mis condiciones,
el mismo derecho de cuando decidí sonreír
y evaporar mis tristezas.
Si es verdad que estoy condenado
que sea a la libertad de mis pensamientos
a la amargura de mis frustraciones
concretas y cristalinas hasta el momento.
Porque tengo derecho a llorar de rabia
y hacerle al dolor su monumento,
soberbio, firme y austero.
Aunque no lo vivo siempre lo siento
el futuro que me quema,
la soledad que me espera.
Porque me tengo y no me tengo,
me pierdo y no me encuentro
si he de morir algún día
que ese día se hoy con los ojos abiertos.
Solo anhelo la locura en mi mente
si y sólo si los locos no piensan ni sienten,
fijar mi mirada a donde sea
y ese lugar sea el de mi entierro.
Que nada me quede,
ni el abecedario de mi infancia,
ni los sinsabores de esta nostalgia,
ni la imagen de quien me dio la vida,
no porque no la quiera
es que me duele verla
mas frágil, mas tierna
y es por ella por quien me cuesta morir.
Y es que pienso en quienes me rodean
hasta los que no saben quien soy
aunque no creo que nadie lo sepa, ni siquiera yo.
Como quien juega a ser Dios
hoy vivo, mañana no.
Morimos de tantas formas
pero solo en una dejamos de respirar
y le regalamos al mundo nuestro último aliento.
Cuando siento seca la boca
es entonces que el paladar reacciona
se llena del sabor de las lágrimas
de quien alguna vez se amé
en algún viejo colegio,
un día importante para mi,
tan importante que todavía lo recuerdo,
y me pregunto ¿qué será de ella?
quisiera saber la respuesta
justo ahora que no se de mí.
¿Donde quedarán mis memorias cuando me vaya?
supongo que en el mismo lugar de mis preguntas
flotando entre el aire y el suelo.
¿Quién oirá la canción que escucho a diario
desde hace tantos años?
tal vez se pierda su última nota,
o mejor aún, que alguien la encuentre vagando
la adopte y la convierta en una inmortal sinfonía.
No se donde acaban mis palabras,
si es que algún día acaban, yo se que sí,
pero me gustaría pensar que no,
las mías siempre acaban con el sueño,
con nostalgia y un punto final.