Kein Williams
Poeta fiel al portal
Quiero escribirte una canción a ti,
que nunca te escribí.
En un campo amarillo y azul,
en el que mezclabas tú.
Y creando el verde de los prados,
vas formando hojas en cada árbol.
Y con el sobrante sin mezclar,
creaste el sol y el mar.
Te di por cada dedo un crayón,
tú me dibujaste un corazón,
con todos los colores del arcoíris,
y aunque era en papel, fue tan verosímil.
Te leí el cuento del león
que tenía el pelo todo cano,
y con un rugido de acordeón
que sus decibelios llevaban por el llano.
Te quedaste dormida
soñando con unicornios
a quien quitabas sus bridas
pues les causaban incordios.
Y con total libertad
por el agua corrían
sus cascos al pisar
chapoteos producían.
Y de aquellas aguas
saltaban las Ondinas
con sus blancas enaguas
y su belleza prístina.
Y luego corres al bosque
con los brazos extendidos
y escondido en un alcorque
ves un pez que se ha perdido.
Fue quizás por aquellas coces
pero estaba fuera de su terreno
y con tus pasos más veloces
lo llevaste al riachuelo.
De violáceo pasó a amarillo
y el brillo lo recuperó
y alegre aquel pececillo
dando saltos se marchó.
Yo miraba todos tus sueños
y una sonrisa tuya me contagió
veía tu cuerpo tan pequeño
tan perfecta creación.
Te acomodé las cobijas
y luego apago la luz.
Duerme, querida hija.
Mi mejor historia eres tú.
que nunca te escribí.
En un campo amarillo y azul,
en el que mezclabas tú.
Y creando el verde de los prados,
vas formando hojas en cada árbol.
Y con el sobrante sin mezclar,
creaste el sol y el mar.
Te di por cada dedo un crayón,
tú me dibujaste un corazón,
con todos los colores del arcoíris,
y aunque era en papel, fue tan verosímil.
Te leí el cuento del león
que tenía el pelo todo cano,
y con un rugido de acordeón
que sus decibelios llevaban por el llano.
Te quedaste dormida
soñando con unicornios
a quien quitabas sus bridas
pues les causaban incordios.
Y con total libertad
por el agua corrían
sus cascos al pisar
chapoteos producían.
Y de aquellas aguas
saltaban las Ondinas
con sus blancas enaguas
y su belleza prístina.
Y luego corres al bosque
con los brazos extendidos
y escondido en un alcorque
ves un pez que se ha perdido.
Fue quizás por aquellas coces
pero estaba fuera de su terreno
y con tus pasos más veloces
lo llevaste al riachuelo.
De violáceo pasó a amarillo
y el brillo lo recuperó
y alegre aquel pececillo
dando saltos se marchó.
Yo miraba todos tus sueños
y una sonrisa tuya me contagió
veía tu cuerpo tan pequeño
tan perfecta creación.
Te acomodé las cobijas
y luego apago la luz.
Duerme, querida hija.
Mi mejor historia eres tú.