majeam
Poeta recién llegado
Envuelto en hojas, triste capullo descansa dormido
bajo el blanco latente de la soledad
observando la efímera luz que flota
por los pasillos, por la ruta de la inmortalidad
como si algo temiese, con un dolor que grita,
con una rabia que estremece lo profundo
de los suelos, del alma, de la vaciedad del ser
volviendo cenizas al color taciturno de los versos.
Algo quema, piel que se desgarra en la bruma,
hielo y fuego, antítesis de lo primigenio, del vaivén del tiempo
sin paso andado sigue el claustro de lo puro
el hogar de lo que no fue, no será ni quiso ser,
una veleta agitada por la fuerza de la esperanza cierta,
por la contradicción de la locura marchita,
así se recordará al pez errante, a la aurora de elegante brillo,
a la larva sin colmillos, sed de amor, testigo henchido.
Sombra alucinante bajo el firmamento,
etéreo pernoctar de lo complejo en la sublime distorsión de un acuerdo,
ráfaga de lluvia contra el pecho,
contra la pared vertical de serena efigie,
con la dureza del sentido común, de la mortífera voz del trueno.
Allí una vaguedad, un sin razón, una empinada vía a los avernos,
incuestionables tronos de regocijo calcinante:
la verdad, la espina que le lastima y el valor que les redime.
Grieta fina de lápida e incienso, de pena y desatino,
ruptura de lo homogéneo, nuevo comienzo, brutal golpiza,
sobre el pozo de melancolía se ven imágenes y se sienten brazos
sin que haya historia, ni desierto, ni la velocidad del sueño
y al final del viaje no existe héroe, ni caballo, ni valentía,
tan solo el secreto del abismo, la distancia del principio,
la búsqueda de un algo que jamás tuvo forma,
maldición de una mirada, de la grama que crece ocultando nombres,
hundiendo heridas.
bajo el blanco latente de la soledad
observando la efímera luz que flota
por los pasillos, por la ruta de la inmortalidad
como si algo temiese, con un dolor que grita,
con una rabia que estremece lo profundo
de los suelos, del alma, de la vaciedad del ser
volviendo cenizas al color taciturno de los versos.
Algo quema, piel que se desgarra en la bruma,
hielo y fuego, antítesis de lo primigenio, del vaivén del tiempo
sin paso andado sigue el claustro de lo puro
el hogar de lo que no fue, no será ni quiso ser,
una veleta agitada por la fuerza de la esperanza cierta,
por la contradicción de la locura marchita,
así se recordará al pez errante, a la aurora de elegante brillo,
a la larva sin colmillos, sed de amor, testigo henchido.
Sombra alucinante bajo el firmamento,
etéreo pernoctar de lo complejo en la sublime distorsión de un acuerdo,
ráfaga de lluvia contra el pecho,
contra la pared vertical de serena efigie,
con la dureza del sentido común, de la mortífera voz del trueno.
Allí una vaguedad, un sin razón, una empinada vía a los avernos,
incuestionables tronos de regocijo calcinante:
la verdad, la espina que le lastima y el valor que les redime.
Grieta fina de lápida e incienso, de pena y desatino,
ruptura de lo homogéneo, nuevo comienzo, brutal golpiza,
sobre el pozo de melancolía se ven imágenes y se sienten brazos
sin que haya historia, ni desierto, ni la velocidad del sueño
y al final del viaje no existe héroe, ni caballo, ni valentía,
tan solo el secreto del abismo, la distancia del principio,
la búsqueda de un algo que jamás tuvo forma,
maldición de una mirada, de la grama que crece ocultando nombres,
hundiendo heridas.
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