Así como los primeros siete espacios,
de este pedazo de inspiración ajena
que alguien llamo papel,
así estaba mi mundo, vacío,
pero el tiempo lo fue llenando,
de fracasos, tristeza, errores,
derrotas y de miles de lágrimas,
lágrimas que se encargaban de ahogar mi alma,
ya que las puertas por donde pretendían escapar,
permanecían cerrada para un público,
que no tenía razón, para entender un posible por qué.
Con el paso de los años,
meses, días, horas y hasta minutos,
el arroyo de llanto que en mi se formaba,
fue creciendo y sin saber cuando,
este se volvió un lago tan profundo,
que en el se quiso perder mi orgullo y voluntad.
Con el morir diario del sol,
y el nacimiento consecutivo de la luna,
en ese océano de batallas perdidas,
de la nada apareció un barca,
cuyo timón era guiado por la esperanza de un alma perdida,
su impulso provenía de los vientos que arrojaban,
los deseos de seguir luchando,
y su misión era impuesta por una razón ,
que sólo esperaba poder anclarse
en una realidad basada, en una felicidad real.
Pero todo falló,
ese inmenso mar, se torno violento,
salvaje y entre sus planes, estaba el impedir que aquella
terca pero única tripulación, culminara su camino,
con sus vientos huracanados
ubico montañas de problemas y distancia,
en el rumbo de un soñador.
En este mundo,
el cielo empezó a caer, al ver
como se desintegraba la ilusión de un sueño,
la nubes que decoraban ese azul infinito,
lloraron al sentir como la fe
era arrebatada por el vacio de un principio,
y cuando menos lo esperaba,
esa embarcación naufrago,
los deseos, la fuerza y el anhelo de seguir,
creyeron perderse en el inicio y fin de aquel oscuro lugar,
y un alma desgarro el silencio de la distancia,
al dejar que un espejismo expulsara sus primeras lágrimas,
ante una realidad insensible.
Ahora en ese espacio,
en donde el cielo se calló,
ahí en donde el sol duerme para soñar que es feliz,
allí en donde la luna deja de amar a la noche
para morir en el día,
en aquél lugar en el que las estrellas
se ocultan para no romper
el silencio de la oscuridad,
a la que tu ausencia me destierra,
aquí sentado sobre un por qué,