Nommo
Poeta veterano en el portal
Como era de esperar, la ausencia de instrumentos musicales,
en las tropas siderales de los monjes celestiales,
devino en la necesidad de canto polifónico, a cappella.
Por ello, entré en la botica de la abuela.
Allí, doña Engracia Barracuda, que es esencia y humareda deslizante,
me echó el guante, y zarandeándome al modo de un ventilador,
me hizo dar vueltas sobre mi propio eje, que resultó ser su brazo.
Comprendí que sería imposible acurrucarme en su regazo.
De mi vientre, nació un sapo vivo que salió despedido y no supe ubicarlo.
Quizá, en tres kilómetros a la redonda...
Volví en mí, y con bastante coraje, compuse una sinfonía a tres voces.
Entretanto, los alumnos y pupilos ensayaban villancicos navideños.
Entré en la Basílica de San Pedro, y encendí la chimenea, con muchos leños.
Allí, el Papa Francisco estaba aunando esfuerzos. Allanando el camino y tendiendo puentes.
¡ Póntifex máximus ! Quise saludarle. Tenía el sapo vivo que yo parí, entretenido, comiendo ciruelas.
Qué indeterminado es todo, en el Universo.
Subí al cielo, en cuerpo y alma, y dirigí la orquesta.
Queríamos deleitar al Creador, que es parecido a un gallo, con su cresta.
Pero apareció un león enorme y corpulento. Sus rugidos penetrantes nos hacían vibrar...
¡ Las nubes van a estallar ! Acto seguido, comenzó la tormenta.
en las tropas siderales de los monjes celestiales,
devino en la necesidad de canto polifónico, a cappella.
Por ello, entré en la botica de la abuela.
Allí, doña Engracia Barracuda, que es esencia y humareda deslizante,
me echó el guante, y zarandeándome al modo de un ventilador,
me hizo dar vueltas sobre mi propio eje, que resultó ser su brazo.
Comprendí que sería imposible acurrucarme en su regazo.
De mi vientre, nació un sapo vivo que salió despedido y no supe ubicarlo.
Quizá, en tres kilómetros a la redonda...
Volví en mí, y con bastante coraje, compuse una sinfonía a tres voces.
Entretanto, los alumnos y pupilos ensayaban villancicos navideños.
Entré en la Basílica de San Pedro, y encendí la chimenea, con muchos leños.
Allí, el Papa Francisco estaba aunando esfuerzos. Allanando el camino y tendiendo puentes.
¡ Póntifex máximus ! Quise saludarle. Tenía el sapo vivo que yo parí, entretenido, comiendo ciruelas.
Qué indeterminado es todo, en el Universo.
Subí al cielo, en cuerpo y alma, y dirigí la orquesta.
Queríamos deleitar al Creador, que es parecido a un gallo, con su cresta.
Pero apareció un león enorme y corpulento. Sus rugidos penetrantes nos hacían vibrar...
¡ Las nubes van a estallar ! Acto seguido, comenzó la tormenta.
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