nelson majerczyk
Poeta adicto al portal
En el tejado de la casa,
mi casa, nació una flor.
Pequeña, pequeñita rodeada
de robustos helechos.
Me percaté de ello en mi errar,
un bello día de verano con un sol
radiante, cuando mi cabeza viajaba
triste, tristísima, llena de
vientos y tormentos.
Elevé la vista y allí muy oronda
crecía.
Años después mientras clavaba una silla
al techo, para comprobar empíricamente
un experimento...las rajaduras eran evidentes
las raíces de la dichosa flor, lo invadían todo.
Flor..?
Como los tentáculos de un octópodo, avanzaban
sobre la cama, sillas mesas,
TODO...
Ensimismado en importantísimos menesteres
pasó el tiempo, la dichosa flor crecía de forma
abominable, enorme capucha violácea abierta
a la luz.
Causaba furor a los vecinos.
Tomaban selfies, los turistas agolpados
como rebaño de tontos, observaban
el monstruo.
Recibí insistentes mensajes en WA, y en lenguaje
WU, de no sé que región de China solicitando
su estudio.
Los vecinos traían regalos.
Varias mujeres se ofrecieron ayudarme con
lúbricas promesas.
Hombres también.
A nadie contesté.
A todos rechacé.
Hasta el Ministro de Turismo
apareció.
No le abrí la puerta.
Era una eterna romería.
Vendían en la acera recuerdos,
artesanías, pulpo a la gallega, hervían.
chorizos al pan que sé yo...inmundas
tolderías.
Peligraba.
El techo crujía.
Hasta una noche.
Única irrepetible;
en la que soñaba con naderías,
mi olfato se inundó con el
olor de la muerte,
del infierno.
Era ella que hedía.
A todos rechacé.
Los vecinos, sus quejas.
Los turistas, vendedores,
equilibristas.
Tapié la casa.
Cerré puertas y ventanas.
No quise ni ministros
ni policías.
La casa hedía, el barrio,
el país el mundo, hedía.
Entre raíces echado en la cama,
me preguntaba; porqué no la corté,
fumigué exterminé...
No sé, por dejadez, abulia,
por costumbre quizás.
No me lo explico.
No lo sé.
Hasta aquella noche horrible,
en que mi cabeza tejía.
Tramas y urdidos que no entendía;
vi llegar con antorchas en mano
a policías, ministros y vecinos que
conocía.
Venían por mí.
Por ella.
mi casa, nació una flor.
Pequeña, pequeñita rodeada
de robustos helechos.
Me percaté de ello en mi errar,
un bello día de verano con un sol
radiante, cuando mi cabeza viajaba
triste, tristísima, llena de
vientos y tormentos.
Elevé la vista y allí muy oronda
crecía.
Años después mientras clavaba una silla
al techo, para comprobar empíricamente
un experimento...las rajaduras eran evidentes
las raíces de la dichosa flor, lo invadían todo.
Flor..?
Como los tentáculos de un octópodo, avanzaban
sobre la cama, sillas mesas,
TODO...
Ensimismado en importantísimos menesteres
pasó el tiempo, la dichosa flor crecía de forma
abominable, enorme capucha violácea abierta
a la luz.
Causaba furor a los vecinos.
Tomaban selfies, los turistas agolpados
como rebaño de tontos, observaban
el monstruo.
Recibí insistentes mensajes en WA, y en lenguaje
WU, de no sé que región de China solicitando
su estudio.
Los vecinos traían regalos.
Varias mujeres se ofrecieron ayudarme con
lúbricas promesas.
Hombres también.
A nadie contesté.
A todos rechacé.
Hasta el Ministro de Turismo
apareció.
No le abrí la puerta.
Era una eterna romería.
Vendían en la acera recuerdos,
artesanías, pulpo a la gallega, hervían.
chorizos al pan que sé yo...inmundas
tolderías.
Peligraba.
El techo crujía.
Hasta una noche.
Única irrepetible;
en la que soñaba con naderías,
mi olfato se inundó con el
olor de la muerte,
del infierno.
Era ella que hedía.
A todos rechacé.
Los vecinos, sus quejas.
Los turistas, vendedores,
equilibristas.
Tapié la casa.
Cerré puertas y ventanas.
No quise ni ministros
ni policías.
La casa hedía, el barrio,
el país el mundo, hedía.
Entre raíces echado en la cama,
me preguntaba; porqué no la corté,
fumigué exterminé...
No sé, por dejadez, abulia,
por costumbre quizás.
No me lo explico.
No lo sé.
Hasta aquella noche horrible,
en que mi cabeza tejía.
Tramas y urdidos que no entendía;
vi llegar con antorchas en mano
a policías, ministros y vecinos que
conocía.
Venían por mí.
Por ella.
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