acontista1967
Poeta recién llegado
Nunca olvides la música de ese monte fragante
En que yaciste ocioso días enteros,
Cautivo entre frondas y destellos solares
Que llenaron de luz y melodía
Las cisternas de tu batiente corazón y tus sentidos.
Entre la opacidad de tus ínfimas gestas cotidianas,
A orillas de las aguas inodoras, incoloras e insonoras
Del diario sucederse,
No dejes de tener presente esa lejana hartura
Que te henchía y desbordaba,
Y hacia un pozo profundo y melodioso en torno tuyo.
Los besos recibidos, los que diste,
Las lágrimas llovidas,
El calor de otra piel contra tu piel,
Las mañanas y tardes de que has sido testigo,
Son tu justa medida, tu valía;
Nada más,
Nada menos te será ni te fue dado.
De ello depende el tiempo que tardará
En ser vista tu luz desde otra estrella.
Frente al estruendo blanco de la luna callada, tu grito es un susurro;
Tu enardecimiento, no da para el más mínimo corpúsculo de un destello estelar.
Nada redimen tu rabia y tus ardores,
Nada quitan ni ponen tus flacas frustraciones.
Brilla y arde en la discreta y silenciosa lumbre del presente
Y después calla, y después, brilla y arde.
¿Cuánto dice ese libro que repasas?
Cada cosa que guarda es lo que dice,
Todo lo que de ti preserva
Entre sus alcoholes tipográficos:
Plumas de pájaros que nunca viste,
Pétalos disecados, hojas secas, papelitos rayados al azar,
La envoltura de un bombón de chocolate;
Separadores hechos a mano
Con dedicatorias manuscritas –olvidados tiempo ha –,
Y tal vez una carta que no enviaste,
Con el anuncio de un adiós que no cumpliste.
Muescas, muescas, pequeñas huellas,
Mundos sumergidos en entresuelos de recuerdos
Hondamente guardados en el alma.
Haz tu tesoro de esas pequeñas cosas (todo tiene su luz):
Ese viejo tornillo torcido y herrumbroso
Cuya ausencia echó abajo quien sabe qué andamiaje.
Esa piedra de forma singular en la que te fijaste
Al patearla sin querer;
Guarda el viejo yoyó que tu madre te hizo
Con dos grandes botones de un abrigo en desuso;
Preserva con aprecio hasta tu más pequeña cicatriz.
Con minúsculas muescas,
La vida ha inscrito en ti su huella eterna y breve.
En que yaciste ocioso días enteros,
Cautivo entre frondas y destellos solares
Que llenaron de luz y melodía
Las cisternas de tu batiente corazón y tus sentidos.
Entre la opacidad de tus ínfimas gestas cotidianas,
A orillas de las aguas inodoras, incoloras e insonoras
Del diario sucederse,
No dejes de tener presente esa lejana hartura
Que te henchía y desbordaba,
Y hacia un pozo profundo y melodioso en torno tuyo.
Los besos recibidos, los que diste,
Las lágrimas llovidas,
El calor de otra piel contra tu piel,
Las mañanas y tardes de que has sido testigo,
Son tu justa medida, tu valía;
Nada más,
Nada menos te será ni te fue dado.
De ello depende el tiempo que tardará
En ser vista tu luz desde otra estrella.
Frente al estruendo blanco de la luna callada, tu grito es un susurro;
Tu enardecimiento, no da para el más mínimo corpúsculo de un destello estelar.
Nada redimen tu rabia y tus ardores,
Nada quitan ni ponen tus flacas frustraciones.
Brilla y arde en la discreta y silenciosa lumbre del presente
Y después calla, y después, brilla y arde.
¿Cuánto dice ese libro que repasas?
Cada cosa que guarda es lo que dice,
Todo lo que de ti preserva
Entre sus alcoholes tipográficos:
Plumas de pájaros que nunca viste,
Pétalos disecados, hojas secas, papelitos rayados al azar,
La envoltura de un bombón de chocolate;
Separadores hechos a mano
Con dedicatorias manuscritas –olvidados tiempo ha –,
Y tal vez una carta que no enviaste,
Con el anuncio de un adiós que no cumpliste.
Muescas, muescas, pequeñas huellas,
Mundos sumergidos en entresuelos de recuerdos
Hondamente guardados en el alma.
Haz tu tesoro de esas pequeñas cosas (todo tiene su luz):
Ese viejo tornillo torcido y herrumbroso
Cuya ausencia echó abajo quien sabe qué andamiaje.
Esa piedra de forma singular en la que te fijaste
Al patearla sin querer;
Guarda el viejo yoyó que tu madre te hizo
Con dos grandes botones de un abrigo en desuso;
Preserva con aprecio hasta tu más pequeña cicatriz.
Con minúsculas muescas,
La vida ha inscrito en ti su huella eterna y breve.