Bender Carvajal
Poeta recién llegado
Pareciera la tierra
ir tras de ti
con su costal de auroras
sin prejuicios,
tras tu belleza resplandeciente,
mujer colindante
de todos los poderes cardinales
que alborota el desempeño
del agua sobre la roca,
tras tu paso corregidor
de fraternales campos
inundados en melancolía,
tu adorable paso
que danza trueno
y envuelve con sosiego
de manada en estampida.
Tú, mujer, te llevas
el planeta prendado
con el rebaño de tus ojos
y pedregal de eclipse
queda la mar
con la extremaunción
de tus párpados enajenados,
así, con esa facilidad tuya
de sembrar los edificios
de tu aroma pantera
color de hierba,
encantadora de serpientes
con tu jerarquía de álamos
como dos rosales
que inundan pechos.
Tienes la tierra
a la deriva por tus piernas
como libélula
que congela
la precocidad del aire,
lozana tierra que te sube
y que te clavas
cual semilla danzarina
con los pájaros de tus manos
echadas al viento,
cabellera de amaneceres
con gesto de alba;
te llevas por doquier
la luna, la ultrajada noche,
la pereza estelar
de los mil trescientos años
que tardamos en conocerte,
te llevas la nieve
con tu sonrisa de avalanchas,
te llevas la dulce patria,
los muertos, los perdonados,
la sensibilidad del pueblo;
te llevas, mujer, contigo
la novedad del vino
cada vez que la cepa
de tus pies alados
echa red
por este varietal de ojos
que te envidian
la facilidad con que iluminas
tu inagotable yacimiento
de belleza en años.
ir tras de ti
con su costal de auroras
sin prejuicios,
tras tu belleza resplandeciente,
mujer colindante
de todos los poderes cardinales
que alborota el desempeño
del agua sobre la roca,
tras tu paso corregidor
de fraternales campos
inundados en melancolía,
tu adorable paso
que danza trueno
y envuelve con sosiego
de manada en estampida.
Tú, mujer, te llevas
el planeta prendado
con el rebaño de tus ojos
y pedregal de eclipse
queda la mar
con la extremaunción
de tus párpados enajenados,
así, con esa facilidad tuya
de sembrar los edificios
de tu aroma pantera
color de hierba,
encantadora de serpientes
con tu jerarquía de álamos
como dos rosales
que inundan pechos.
Tienes la tierra
a la deriva por tus piernas
como libélula
que congela
la precocidad del aire,
lozana tierra que te sube
y que te clavas
cual semilla danzarina
con los pájaros de tus manos
echadas al viento,
cabellera de amaneceres
con gesto de alba;
te llevas por doquier
la luna, la ultrajada noche,
la pereza estelar
de los mil trescientos años
que tardamos en conocerte,
te llevas la nieve
con tu sonrisa de avalanchas,
te llevas la dulce patria,
los muertos, los perdonados,
la sensibilidad del pueblo;
te llevas, mujer, contigo
la novedad del vino
cada vez que la cepa
de tus pies alados
echa red
por este varietal de ojos
que te envidian
la facilidad con que iluminas
tu inagotable yacimiento
de belleza en años.