La noche marca su vigilia más tardía. Horario negado para los chiquillos, pues la modorra se encarga de empujarlos a la cama e incitar alguna fantasía.
Contraviniendo tal premisa, va hacia la cómoda en busca del peine. En plena oscuridad de la habitación, acicala aquellas greñas con ternura para unas clinejas. Se afectan sus párpados y cabecea: se arrellana en la tibieza del mueble, extiende la sábana y al instante, un bostezo destaca el cansancio.
La madre pasados unos minutos, se llega al cuarto de su nena. La halla dormida y bien peinada. Una sensación de extrañeza la asalta: no recuerda haberle trenzado el cabello temprano esa noche. Dado su carácter, no le da importancia al asunto: le acomoda el manto, y advierte que abraza amorosamente a su muñeca preferida, y ésta como aferrando en su manita de trapo, el peine ceñido con algunas fibras de cabello.