Julius 1200
Poeta fiel al portal
Sólo en la mesa del Café la Catedral dominaban
la odiosa y ahora incipiente inquietud.
Solían mirarse en absoluto silencio largo rato.
Removían el azúcar en las tazas con gran parsimonia,
nada insídia, nada los apuraba.
Muchas veces fijaban el uno en el otro las miradas,
resultaba extraña tal intensidad de estatuas.
Los distraía la luz del sol trasluciendo la gran vidriera.
En la mesa lustrada, muy pulcra, descansaba la decoración.
Un recipiente impecable con dos flores muy blancas.
Cada boca, comía un bocado y se extasiaba en la otra.
Ocasionalmente hablaban, sonreían, sonreían y hablaban.
como al descuido cada mano se sobreponía a la otra.
Y en sus memorias refulgía de nuevo el reciente amor,
el cuerpo de uno sobre el cuerpo del otro, el alma de uno
sobre el alma del otro... Después cruzaban hacia la Rambla.
Muchas veces hicieron ese largo periplo y otras tantas reaparecía
el mental flagelo. La opresión repentina, era odiosa, era inevitable.
Los guiaba la necesidad del vagabundo que precisa aire
salobre y las marchas eran casi siempre prolongadas.
Sin embargo de repente empezaba la inquietud. Ella
miraba el reloj de a ratos y después, en forma compulsiva,
en sus almendrados ojos asomaba el pánico. Sacaba de su
cartera las pastillas habituales que ingería sin discreción.
Había que apurar el paso, cruzar entre el gentío y los
vehículos y darse el beso de despedida mirándose con
pesadumbre...Luego pasarían otras dos difíciles semanas...
la odiosa y ahora incipiente inquietud.
Solían mirarse en absoluto silencio largo rato.
Removían el azúcar en las tazas con gran parsimonia,
nada insídia, nada los apuraba.
Muchas veces fijaban el uno en el otro las miradas,
resultaba extraña tal intensidad de estatuas.
Los distraía la luz del sol trasluciendo la gran vidriera.
En la mesa lustrada, muy pulcra, descansaba la decoración.
Un recipiente impecable con dos flores muy blancas.
Cada boca, comía un bocado y se extasiaba en la otra.
Ocasionalmente hablaban, sonreían, sonreían y hablaban.
como al descuido cada mano se sobreponía a la otra.
Y en sus memorias refulgía de nuevo el reciente amor,
el cuerpo de uno sobre el cuerpo del otro, el alma de uno
sobre el alma del otro... Después cruzaban hacia la Rambla.
Muchas veces hicieron ese largo periplo y otras tantas reaparecía
el mental flagelo. La opresión repentina, era odiosa, era inevitable.
Los guiaba la necesidad del vagabundo que precisa aire
salobre y las marchas eran casi siempre prolongadas.
Sin embargo de repente empezaba la inquietud. Ella
miraba el reloj de a ratos y después, en forma compulsiva,
en sus almendrados ojos asomaba el pánico. Sacaba de su
cartera las pastillas habituales que ingería sin discreción.
Había que apurar el paso, cruzar entre el gentío y los
vehículos y darse el beso de despedida mirándose con
pesadumbre...Luego pasarían otras dos difíciles semanas...
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