Solsticio de primavera
Poeta fiel al portal
Naricitas de cristal
Estoy perdido en el espacio
de una gran tienda de recuerdos
en donde carteles imponen las reglas
del cómo se debe vivir.
Me encandilan las dulces prisioneras del marfil
que conllevan tumultos de arroz
vibrantes en mis palpitaciones sobre papel.
Pero cuando llega el momento de brillar
descubro que la única perfección se encuentra en soledad.
Será que tanto anhelo el mundo de ultramar
con sus molinos y sirenas que me guiñan al pasar
que no puedo escapar de la utopía.
Será el arco iris en el cristal
que traspasa mis vértebras
en un impulso pupilo.
Será que no tengo dios alguno
que me aferre su fe en el pecho
en un sangrante rito de iniciación.
O solo será que el polen de la reina
no se encuentra entre mis recordarios.
La tinta como una mancha voraz de ensueño
se enrosca creando una ilusión sin dueño.
La copa se sienta a morir en las penumbras del callejón,
sóla como aquellas noches sin vuelo
en donde los altares son hogar de los perdidos,
en donde los abrazos son estanques hechos de piedad
y las llaves se funden en el licor de algunos labios.
Unos labios amargos como el recuerdo de los años,
los cómplices de las palabras sin voz,
los inevitables silencios de un recuerdo sin presente.
Algo que naufragara por tu puerta por una eternidad
como un eclipse sin paradero a las orillas de tu bahía.
El lúbrico gemido del momento de anestesia,
el repliegue de las neuronas a estribor,
una jaula de pájaros de cristal.
Estoy perdido en el espacio
de una gran tienda de recuerdos
en donde carteles imponen las reglas
del cómo se debe vivir.
Me encandilan las dulces prisioneras del marfil
que conllevan tumultos de arroz
vibrantes en mis palpitaciones sobre papel.
Pero cuando llega el momento de brillar
descubro que la única perfección se encuentra en soledad.
Será que tanto anhelo el mundo de ultramar
con sus molinos y sirenas que me guiñan al pasar
que no puedo escapar de la utopía.
Será el arco iris en el cristal
que traspasa mis vértebras
en un impulso pupilo.
Será que no tengo dios alguno
que me aferre su fe en el pecho
en un sangrante rito de iniciación.
O solo será que el polen de la reina
no se encuentra entre mis recordarios.
La tinta como una mancha voraz de ensueño
se enrosca creando una ilusión sin dueño.
La copa se sienta a morir en las penumbras del callejón,
sóla como aquellas noches sin vuelo
en donde los altares son hogar de los perdidos,
en donde los abrazos son estanques hechos de piedad
y las llaves se funden en el licor de algunos labios.
Unos labios amargos como el recuerdo de los años,
los cómplices de las palabras sin voz,
los inevitables silencios de un recuerdo sin presente.
Algo que naufragara por tu puerta por una eternidad
como un eclipse sin paradero a las orillas de tu bahía.
El lúbrico gemido del momento de anestesia,
el repliegue de las neuronas a estribor,
una jaula de pájaros de cristal.