Abatido por la aberrante maza de hierro blasfemo,el rey de corazones yace muerto en el lustroso pavimento ensangrentado de su palacio llamado Muerte.Un furioso enjambre de tábanos picotean las carnes rollizas de los que fueron sus plebeyos sirvientes de faz descolorida,ahora reconvertidos a la nefasta religión del Mal.No hay para ellos,esos seres esclavizados por la fantasmagórica imagen del que fue su cruel patrón,nada más abominable que arrodillarse para pegar la santa nariz al cadáver trasmutado en anatematizado mausoleo de oro y plata.Y mientras,a las afueras,el pueblerino gentío muerto de hambre,golpea con rocosos puños de acero la enorme puerta sacrílega que ya nunca más se abrirá hacia el inconmensurable horizonte de carne y piel requemadas.Ni Dios,en su infinita misericordia,es capaz de frenar el borracho deseo de los íncubos;esos demonios espectrales que,aprovechando la ausencia en el efervescente poblado pecaminoso de los fieros maridos de mujeres de ojos de lince y frente de pergamino,se atreven a hacer la hipócrita corte aduladora para luego copular con contumaz locura en esos cuerpos femeninos con olor a tiniebla plañidera.