Sira
Poeta fiel al portal
Neverland
Que todos los dioses del mundo me perdonen.
Si es que alguno existiera y prestase oídos a mis necias lágrimas,
mi agridulce amor.
Por haberte querido tanto,
por haberte malherido tanto.
Porque nadie mejor que tú sabe que mi afecto por ti es sincero,
pero malsano.
Tan excelso e inconmensurable como ciego a veces,
pueril, doloroso, egoísta.
Y a pesar de todos los pesares,
tan obstinado y vehemente como el primer día.
Nunca quise lastimarte, pero lo hice.
Jamás pretendimos herirnos, pero corrió la sangre.
Y a pesar de todos los pesares,
desde el día en que posé los ojos en ti, deseé retenerte.
Deseé convertirme en el mayor artífice de tu sonrisa.
En agua límpida que arrastra consigo todos los males,
en llama ígnea que purificase todos tus temores.
Deseé transfigurarme en el regazo de una madre,
y en los abrazos entrañables, candorosos de una hija.
Deseé metamorfosearme en un inexpugnable dragón
con delicadas alas de mariposa,
y en la musa que iluminaría todas las horas de tu vida,
congelándolas en el tiempo.
Tornándolas irrepetibles y dichosas.
Acaricié el infantil anhelo de que no te alejases nunca de mi vera,
de convertirme para siempre en tu infatigable compañera.
Quise permanecer refugiada en el Edén de la Inocencia contigo,
hacer de Nunca Jamás nuestra Tierra Santa.
Supongo que nunca lo sabremos con certeza, ángel mío,
pero tal vez eso fuera lo que nos destruyó a ambas.
Que todos los dioses del mundo me perdonen.
Si es que alguno existiera y prestase oídos a mis necias lágrimas,
mi agridulce amor.
Por haberte querido tanto,
por haberte malherido tanto.
Porque nadie mejor que tú sabe que mi afecto por ti es sincero,
pero malsano.
Tan excelso e inconmensurable como ciego a veces,
pueril, doloroso, egoísta.
Y a pesar de todos los pesares,
tan obstinado y vehemente como el primer día.
Nunca quise lastimarte, pero lo hice.
Jamás pretendimos herirnos, pero corrió la sangre.
Y a pesar de todos los pesares,
desde el día en que posé los ojos en ti, deseé retenerte.
Deseé convertirme en el mayor artífice de tu sonrisa.
En agua límpida que arrastra consigo todos los males,
en llama ígnea que purificase todos tus temores.
Deseé transfigurarme en el regazo de una madre,
y en los abrazos entrañables, candorosos de una hija.
Deseé metamorfosearme en un inexpugnable dragón
con delicadas alas de mariposa,
y en la musa que iluminaría todas las horas de tu vida,
congelándolas en el tiempo.
Tornándolas irrepetibles y dichosas.
Acaricié el infantil anhelo de que no te alejases nunca de mi vera,
de convertirme para siempre en tu infatigable compañera.
Quise permanecer refugiada en el Edén de la Inocencia contigo,
hacer de Nunca Jamás nuestra Tierra Santa.
Supongo que nunca lo sabremos con certeza, ángel mío,
pero tal vez eso fuera lo que nos destruyó a ambas.
Última edición: