Con esa manía de romper el silencio
y rebajarlo a necedades sin gloria,
con ese apellido, ribetes de historia,
como un asesino de soslayo en celo.
Ecos al viento de poniente,
gritos inaudibles por el sur,
la cuerda se tensa por occidente,
y uno que busca en tus labios la virtud.
Y revelando a dos colores la realidad,
los chicos del barrio buscando bando,
las miradas, de vacaciones, comienzan
a migrar, por un camino destartalado.
Y unos con el negro.
Y los otros con el blanco.
Escucha, mi niña, que vienen los buenos,
que vienen rasantes y con el estómago al vuelo.
Sonríe, princesa, que arriba la libertad,
a golpe de Hiroshima,
con unos talones repletos de dignidad.
Y giras el cuello, y ves a los malos.
Y ves que también tienen niños,
y truncados senderos iluminados.
Enclaustrados en un mundo de vasallos,
pero, al fin y al cabo meras impercepciones.
Simplemente, seres humanos.
Y cierras los ojos.
Y no le ves ni negro, ni blanco.
Ni moro, ni cristiano.
Ni cúmulo, ni estrato.
Dame corazones grises,
dame dudas, dame incertidumbres.
Dame excepciones sin reglas,
para una gama de infinitas definiciones.
Dame lo que quieras, pero dame colores.
Dame amores a tres bandas,
dame carcajadas improvisadas,
dame la inseguridad de un niño,
dame en matrimonio a Descartes y Mafalda.
Pero no me vendas ni biblias, ni credos.
Ni me digas que en el uno más uno,
no suma el tercero.
Porque, si algo aprendí de mirar al cielo,
es que en este vagar empedrado,
nada es del todo blanco, ni del todo negro.
y rebajarlo a necedades sin gloria,
con ese apellido, ribetes de historia,
como un asesino de soslayo en celo.
Ecos al viento de poniente,
gritos inaudibles por el sur,
la cuerda se tensa por occidente,
y uno que busca en tus labios la virtud.
Y revelando a dos colores la realidad,
los chicos del barrio buscando bando,
las miradas, de vacaciones, comienzan
a migrar, por un camino destartalado.
Y unos con el negro.
Y los otros con el blanco.
Escucha, mi niña, que vienen los buenos,
que vienen rasantes y con el estómago al vuelo.
Sonríe, princesa, que arriba la libertad,
a golpe de Hiroshima,
con unos talones repletos de dignidad.
Y giras el cuello, y ves a los malos.
Y ves que también tienen niños,
y truncados senderos iluminados.
Enclaustrados en un mundo de vasallos,
pero, al fin y al cabo meras impercepciones.
Simplemente, seres humanos.
Y cierras los ojos.
Y no le ves ni negro, ni blanco.
Ni moro, ni cristiano.
Ni cúmulo, ni estrato.
Dame corazones grises,
dame dudas, dame incertidumbres.
Dame excepciones sin reglas,
para una gama de infinitas definiciones.
Dame lo que quieras, pero dame colores.
Dame amores a tres bandas,
dame carcajadas improvisadas,
dame la inseguridad de un niño,
dame en matrimonio a Descartes y Mafalda.
Pero no me vendas ni biblias, ni credos.
Ni me digas que en el uno más uno,
no suma el tercero.
Porque, si algo aprendí de mirar al cielo,
es que en este vagar empedrado,
nada es del todo blanco, ni del todo negro.