Jairo Castillo Romerin
Poeta adicto al portal
NO HACE FALTA
No hace falta un tallo
sembrado en la sabana del tiempo
para ver florecer lentamente
tu equilibrio en mi ventana.
No hace falta
un pájaro migratorio que me traiga
hasta la pleura
que te protege del frío,
ni un alacrán que te envenene los labios,
ni un hilo que te amarre a la luna
para verte cada noche
colgada, pendulante.
Eres un nido donde empollo mis recuerdos, tu memoria.
No me importa la imitación del segundo,
ni la mano fructífera que mejor escriba,
el color púrpura que congela los cuadros.
Soy yo, ese hombre,
una arena sucia de hosquedad,
un cúmulo de otoños venideros,
un coagulo rubí que mancha el planeta.
No hace falta
la ramificación del verso que inspira el árbol,
esta rama bifurcada entre vida o muerte,
aquella inmaterialidad
que compone átomos covalentes
y detiene el pulso que controla el hipo de la tierra.
Tú, raíz suculenta, desde donde nazco,
barco a vapor sin velamen.
No hace falta perseguir el viento
para aspirar tu salvaje perfume.
No hace falta un tallo
sembrado en la sabana del tiempo
para ver florecer lentamente
tu equilibrio en mi ventana.
No hace falta
un pájaro migratorio que me traiga
hasta la pleura
que te protege del frío,
ni un alacrán que te envenene los labios,
ni un hilo que te amarre a la luna
para verte cada noche
colgada, pendulante.
Eres un nido donde empollo mis recuerdos, tu memoria.
No me importa la imitación del segundo,
ni la mano fructífera que mejor escriba,
el color púrpura que congela los cuadros.
Soy yo, ese hombre,
una arena sucia de hosquedad,
un cúmulo de otoños venideros,
un coagulo rubí que mancha el planeta.
No hace falta
la ramificación del verso que inspira el árbol,
esta rama bifurcada entre vida o muerte,
aquella inmaterialidad
que compone átomos covalentes
y detiene el pulso que controla el hipo de la tierra.
Tú, raíz suculenta, desde donde nazco,
barco a vapor sin velamen.
No hace falta perseguir el viento
para aspirar tu salvaje perfume.
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