Geles Calderón
Poeta recién llegado
No importa que yo siembre
y otras manos recojan mi cosecha.
La simiente era mía, y la tierra...,
la tierra también lo era... pero no importa.
No importa, que grano a grano
yo en el surco lo introdujera,
ni que lo regara con mis lágrimas
cuando el agua del cielo no viniera.
No importa...
que con mi cuerpo, de las heladas lo protegiera.
Yo me cuidaba y me ponía guapa
para transmitirle a la simiente mi belleza.
Yo, que me convertí en luz
cuando solo había tiniebla.
Yo, que le abrí el paso,
que le quité del surco la piedra aquella.
Yo, que le ayudé a ver la primera luz
cuando brotó de la tierra. Pero... no importa.
La simiente ahora es cosecha,
creció firme, robusta y altanera,
pero... yo creí que era mi cosecha,
hasta que otras manos jóvenes
y frescas vinieron a por ella.
Ya me alejo, ya... ¡qué importa!
Retrocedo, dejo paso a la carne nueva,
a otras manos sin estos pliegues
que delatan que me hago vieja.
Pero entre sollozos mudos reclamo:
¡Que la simiente era mía!
¡Que la plantó estas manos viejas!
Que sin recibir nada de ella...
yo se lo di todo, todo era para ella.
Ahora llega el momento
de alejarme despacio...
y no volver a pensar en ella.
Sentiré en mí todos aquellos soles,
recordaré todas aquellas penas
que le contaba en las tardes aquellas.
Y me abatirán todos los vientos
mientras regreso con mi pena.
¡Qué importa ya!
¿A quién le importa?
Solo soy mujer que va para vieja,
aunque el alma de calendario no entienda,
aunque el corazón no envejezca.
Pero eso..., eso a quién le importa.
Qué importa mi belleza,
y qué importa esta voz quinceañera,
ni mis risas...
Ni... que de alegría por el campo yo corriera,
ni mis ganas de vivir, ni mi fuerza,
¡Qué importa la vida...
ahora que perdí mi cosecha!
Geles Calderón
y otras manos recojan mi cosecha.
La simiente era mía, y la tierra...,
la tierra también lo era... pero no importa.
No importa, que grano a grano
yo en el surco lo introdujera,
ni que lo regara con mis lágrimas
cuando el agua del cielo no viniera.
No importa...
que con mi cuerpo, de las heladas lo protegiera.
Yo me cuidaba y me ponía guapa
para transmitirle a la simiente mi belleza.
Yo, que me convertí en luz
cuando solo había tiniebla.
Yo, que le abrí el paso,
que le quité del surco la piedra aquella.
Yo, que le ayudé a ver la primera luz
cuando brotó de la tierra. Pero... no importa.
La simiente ahora es cosecha,
creció firme, robusta y altanera,
pero... yo creí que era mi cosecha,
hasta que otras manos jóvenes
y frescas vinieron a por ella.
Ya me alejo, ya... ¡qué importa!
Retrocedo, dejo paso a la carne nueva,
a otras manos sin estos pliegues
que delatan que me hago vieja.
Pero entre sollozos mudos reclamo:
¡Que la simiente era mía!
¡Que la plantó estas manos viejas!
Que sin recibir nada de ella...
yo se lo di todo, todo era para ella.
Ahora llega el momento
de alejarme despacio...
y no volver a pensar en ella.
Sentiré en mí todos aquellos soles,
recordaré todas aquellas penas
que le contaba en las tardes aquellas.
Y me abatirán todos los vientos
mientras regreso con mi pena.
¡Qué importa ya!
¿A quién le importa?
Solo soy mujer que va para vieja,
aunque el alma de calendario no entienda,
aunque el corazón no envejezca.
Pero eso..., eso a quién le importa.
Qué importa mi belleza,
y qué importa esta voz quinceañera,
ni mis risas...
Ni... que de alegría por el campo yo corriera,
ni mis ganas de vivir, ni mi fuerza,
¡Qué importa la vida...
ahora que perdí mi cosecha!
Geles Calderón
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