Isaías Súvel
Me gusta más el seudónimo ARREBATADO DE TERNURA.-
NO ME ASUSTA
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No me asustan las ansias
y lo negro de un sentimiento,
que amenace a mi alma;
con los ojos inyectados,
en el peor de los venenos,
conmoviendo así a los vientos.
Y ni aunque éstos estén llenos,
de rencor y maldición;
no me asusta esa pasión,
desordenada y vacía;
Pues yo bien se que es mía,
aquella distancia lejana,
del repique de campanas,
de los recreos de un niño;
Que conoció el cariño
y con precoz hombría,
aprendió a querer;
la suavidad del pasto,
los guijarros del camino,
las penosas elegías
y la hermosura del ayer.
Es mío el refugio aquel,
adonde puedo volar,
aún sin mover un pie,
de éste latente destino;
éste constante revés,
que no quiere claudicar.
No me asustan los fríos,
de mil millones de inviernos;
que con los dientes muy blancos,
se ríen de la desgracia,
de gentes sin una gracia
no tengan aquel ropaje,
que necesita esa piel;
y que necesitan además,
el fuego hogareño fiel,
que la da vida a la sangre;
cuando el cielo abre,
su blanco desprecio ardiente;
donde rechinan los dientes
y enmudecen los pájaros
y la escarcha de los álamos,
acompaña ese brebaje.
No me dan miedo las llamas,
que sin razón alguna,
se reúnen en lagunas,
de rojo deseo hirviente;
esperando los dolientes,
alaridos de rivales,
de corazones severos,
enfundados en saber,
fundados en arenales.
No me asusta el querer,
vindicar toda conciencia.
No me asusta la impaciencia,
del amor hecho justicia,
cuando muere la clemencia,
cuando acaban sus caricias
y cuando ya empieza a llover.
No le tengo temor al hombre,
que agrede todas las rocas;
aún aquellas pocas,
que descansan en la altura,
de alguna cima nevada;
o de algún túnel esculpido,
que con renuncia del sueño;
hace a sus suelos dueño,
de aquellos pasos atrevidos,
de aquellas benditas pisadas.
No me asusta la mañana,
que se tiñe de tristeza,
por la que ora o reza,
para alcanzar más mañanas.
No me asusta el sufrimiento,
de mis seres más amados;
pues se que Dios ha calmado,
su cólera vengadora,
después de años de auroras
y de noches innombrables;
de espinas y grueso alambre,
de privaciones y hambre,
de humedecidas almohadas;
de duelos sin clarinadas,
por aquellos ausentes ojos,
... por sus ausencias colmadas.
Pues se que Dios en destellos,
alumbró nueva esperanza;
porque yo vi un día sus ansias,
que no son como me dicen;
y el latido de su mano,
es un latido muy triste;
y aquel volcán es despojo,
de un deseo que no existe.
A mí me asusta mi risa,
… a mi me asusta el silencio,
de mi soledad libre.
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No me asustan las ansias
y lo negro de un sentimiento,
que amenace a mi alma;
con los ojos inyectados,
en el peor de los venenos,
conmoviendo así a los vientos.
Y ni aunque éstos estén llenos,
de rencor y maldición;
no me asusta esa pasión,
desordenada y vacía;
Pues yo bien se que es mía,
aquella distancia lejana,
del repique de campanas,
de los recreos de un niño;
Que conoció el cariño
y con precoz hombría,
aprendió a querer;
la suavidad del pasto,
los guijarros del camino,
las penosas elegías
y la hermosura del ayer.
Es mío el refugio aquel,
adonde puedo volar,
aún sin mover un pie,
de éste latente destino;
éste constante revés,
que no quiere claudicar.
No me asustan los fríos,
de mil millones de inviernos;
que con los dientes muy blancos,
se ríen de la desgracia,
de gentes sin una gracia
no tengan aquel ropaje,
que necesita esa piel;
y que necesitan además,
el fuego hogareño fiel,
que la da vida a la sangre;
cuando el cielo abre,
su blanco desprecio ardiente;
donde rechinan los dientes
y enmudecen los pájaros
y la escarcha de los álamos,
acompaña ese brebaje.
No me dan miedo las llamas,
que sin razón alguna,
se reúnen en lagunas,
de rojo deseo hirviente;
esperando los dolientes,
alaridos de rivales,
de corazones severos,
enfundados en saber,
fundados en arenales.
No me asusta el querer,
vindicar toda conciencia.
No me asusta la impaciencia,
del amor hecho justicia,
cuando muere la clemencia,
cuando acaban sus caricias
y cuando ya empieza a llover.
No le tengo temor al hombre,
que agrede todas las rocas;
aún aquellas pocas,
que descansan en la altura,
de alguna cima nevada;
o de algún túnel esculpido,
que con renuncia del sueño;
hace a sus suelos dueño,
de aquellos pasos atrevidos,
de aquellas benditas pisadas.
No me asusta la mañana,
que se tiñe de tristeza,
por la que ora o reza,
para alcanzar más mañanas.
No me asusta el sufrimiento,
de mis seres más amados;
pues se que Dios ha calmado,
su cólera vengadora,
después de años de auroras
y de noches innombrables;
de espinas y grueso alambre,
de privaciones y hambre,
de humedecidas almohadas;
de duelos sin clarinadas,
por aquellos ausentes ojos,
... por sus ausencias colmadas.
Pues se que Dios en destellos,
alumbró nueva esperanza;
porque yo vi un día sus ansias,
que no son como me dicen;
y el latido de su mano,
es un latido muy triste;
y aquel volcán es despojo,
de un deseo que no existe.
A mí me asusta mi risa,
… a mi me asusta el silencio,
de mi soledad libre.
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