Chrix
Poeta que considera el portal su segunda casa
Entre brumas sepias
la efusión del miedo se desangra
borbollando sobre los bastones
de la retina nocturna,
contornea y me rellena de oscuridad,
ensamblando en mis escamas
las articuladas ramas
de frágiles finales, desnudas pero tiesas.
Las sogas de neblina
se hacen red sin hueco para respirar,
me envuelven de un silencio abisal,
retumban las uñas que se restriegan
en la caja sonora de abismo espectral,
sobre cuerdas vocales de silencios,
profanados por aullidos
y el grito de muerte de los insectos.
En total incuria las hojas llenas de rabia
asesinan al sosiego con su crujir bajo mis pies,
que se arrastran tirados por el remo
de este barco milenario
cargado de relojes, despeñando células
que serán recuerdos si no mueren las neuronas
del olvido antes del tieso invierno.
Un paseo por el mismo paisaje,
el campo de tristeza,
el único que conozco cada vez que el sol oculta
sus ardientes pestañas,
y la noche me habla al oído,
con tanta ironía que me asombra
no reírme de los espejos
y sus inútiles trayectos de punguistas,
timadores de egoísmos y vanidades faciales
tras las máscaras.
No me perdono
haberme dormido sobre la última palabra,
pero me perdono
el crujir de mi garganta, cada vez que
rompo tu nombre, antes de estallarse
sobre mis dientes.
Esta noche no me perdonara su manto,
y pondrá la luna en la boca de tristeza como
un chupetín de luz robada de alguna estrella
o un triste girasol soñando con brillar como el sol.
Esta noche no me perdono, pero tampoco a ti,
por haberme dejado tan solo.
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