No puedo abandonarte,
ataviarme de adiós
como los muelles
o el rito del crepúsculo
en su oración de tarde concluida.
No puedo deshacerme de las sílabas
que se alinean como los planetas
para decir tu nombre
aunque tú calles
y no aceptes las súplicas del viento.
No son más que pavesas y refugios.
La partida de azar no es más que un punto
del que salen o llegan las cosechas
si es que acaso la lluvia
ha sido generosa
y se ha aliado con el sol más fértil
para que en su diana brote nuestro reencuentro.
No puedo abandonarte,
y no es más que egoísmo capital,
la cúspide de mí
siempre apagado
vagando entre las brisas,
porque si te abandono, me abandono
y no creo que pueda recogerme
después, sobre las horas de ceniza
de no saberme yo
sin tu veleta.
ataviarme de adiós
como los muelles
o el rito del crepúsculo
en su oración de tarde concluida.
No puedo deshacerme de las sílabas
que se alinean como los planetas
para decir tu nombre
aunque tú calles
y no aceptes las súplicas del viento.
No son más que pavesas y refugios.
La partida de azar no es más que un punto
del que salen o llegan las cosechas
si es que acaso la lluvia
ha sido generosa
y se ha aliado con el sol más fértil
para que en su diana brote nuestro reencuentro.
No puedo abandonarte,
y no es más que egoísmo capital,
la cúspide de mí
siempre apagado
vagando entre las brisas,
porque si te abandono, me abandono
y no creo que pueda recogerme
después, sobre las horas de ceniza
de no saberme yo
sin tu veleta.