Jose Anibal Ortiz Lozada
Poeta adicto al portal
No sé, cuando te miro,
pienso en carne mechada,
en esos hilos jugosos
que se deshacen en la boca,
en el sabor que queda en los labios
como un secreto bien guardado,
como algo que solo tú y yo entendemos.
Tu piel, dorada al fuego lento,
es como esa carne que arde despacio,
que se va abriendo en capas suaves,
en promesas que no se olvidan.
Eres sazón,
eres sal que se derrite entre los dedos,
y yo, hambriento,
te imagino en cada bocado.
Tus palabras son como especias
que se mezclan en mi cabeza,
un toque de comino,
un susurro de orégano,
y en cada sílaba
siento cómo me envuelves,
cómo me cocinas a fuego lento
con esa mirada que desarma.
Eres carne mechada,
de esa que pide más,
que te llena el alma y el estómago,
que no deja espacio para otra cosa
más que para ti.
Y yo, ¿qué hago?
Me dejo llevar por el aroma,
por el anhelo,
por esas ganas de saborearte
como el platillo perfecto,
ese que solo se sirve
cuando el hambre es demasiado
y la tentación, inevitable.
pienso en carne mechada,
en esos hilos jugosos
que se deshacen en la boca,
en el sabor que queda en los labios
como un secreto bien guardado,
como algo que solo tú y yo entendemos.
Tu piel, dorada al fuego lento,
es como esa carne que arde despacio,
que se va abriendo en capas suaves,
en promesas que no se olvidan.
Eres sazón,
eres sal que se derrite entre los dedos,
y yo, hambriento,
te imagino en cada bocado.
Tus palabras son como especias
que se mezclan en mi cabeza,
un toque de comino,
un susurro de orégano,
y en cada sílaba
siento cómo me envuelves,
cómo me cocinas a fuego lento
con esa mirada que desarma.
Eres carne mechada,
de esa que pide más,
que te llena el alma y el estómago,
que no deja espacio para otra cosa
más que para ti.
Y yo, ¿qué hago?
Me dejo llevar por el aroma,
por el anhelo,
por esas ganas de saborearte
como el platillo perfecto,
ese que solo se sirve
cuando el hambre es demasiado
y la tentación, inevitable.