MaríaA.G
Poeta veterana en el Portal
Noches Cómplices y sempiternas
Engel y MaríaA.G
La luz de los sueños no se explica. Está para que lleguemos
y en una propagación silenciosa de tactos
busquemos su última raíz para allí brillar
como una combinación de coordenadas irrepetibles.
Desnudo de palabras siento su calor a lo lejos.
Dímelo, María; hacia dónde huyen las tuyas
mientras tú sigues con la dulce tormenta de mi nombre en los labios.
Luego, llega el presente: me asomo a tu boca
como mariposas que salen confundidas,
te obliga a reconocer un cuerpo que tu cuerpo extraña.
Encantada con este artificio, las piernas se te van, se pasean
por las afueras de tu tiempo. Te sientes más joven en la piel,
tomas el color del pomelo y te ungüentas perpendicular a la curva del aire.
En la pared de tus ojos se borra la longitud del tiempo,
tu fragilidad se deja ver, te lleva hasta la duda
mientras un hemisferio de lluvia te resbala por el cuello.
Inmortalicé la luz que se adivinaba entre la comisura de tus instantes,
del consumo de horas intensas, en las que tus dedos
se deslizaban por mis rubores,
de las llamas que se expandían en los silencios,
precedidos de armónicos suspiros,
perpendiculares a nuestro tiempo y espacio,
donde la fusión de los cuerpos, formaban uno,
marcando la penumbra, siluetas únicas.
Sellé la luz de las duermevelas a las que invitaba la noche,
decoradas con la invasión de tu mirada,
nutridas con pétalos de caricias que asomaban en cada madrugada.
Sellé la luz desprendida de la lujuria que mis sueños revelaban.
Si quisieras no ser tú, yo haría de ti el lugar donde comienza la tormenta.
Bajarías conmigo hasta ti, en paralelo, hasta ese lugar tan tuyo
en el que caes encantada en mi trampa encantada
para sentir el sabor dulce y amargo de los suspiros que abrasan la boca.
Aún me invade la hermosura de nuestras complicidades,
las áureas de los amaneceres que guardaban nuestros secretos,
resguardados por la Luna ausente que custodian las estrellas.
Aún espero que los días se transformen en noches sempiternas,
ataviadas con la luz de tu mirada, en el corazón de mis ojos
arbotantes de los tuyos,
la sencillez de tus manos, recorriendo las esporas
de mis instintos más básicos, subyacentes del pensamiento.
Engel y MaríaA.G
La luz de los sueños no se explica. Está para que lleguemos
y en una propagación silenciosa de tactos
busquemos su última raíz para allí brillar
como una combinación de coordenadas irrepetibles.
Desnudo de palabras siento su calor a lo lejos.
Dímelo, María; hacia dónde huyen las tuyas
mientras tú sigues con la dulce tormenta de mi nombre en los labios.
Luego, llega el presente: me asomo a tu boca
como mariposas que salen confundidas,
te obliga a reconocer un cuerpo que tu cuerpo extraña.
Encantada con este artificio, las piernas se te van, se pasean
por las afueras de tu tiempo. Te sientes más joven en la piel,
tomas el color del pomelo y te ungüentas perpendicular a la curva del aire.
En la pared de tus ojos se borra la longitud del tiempo,
tu fragilidad se deja ver, te lleva hasta la duda
mientras un hemisferio de lluvia te resbala por el cuello.
Inmortalicé la luz que se adivinaba entre la comisura de tus instantes,
del consumo de horas intensas, en las que tus dedos
se deslizaban por mis rubores,
de las llamas que se expandían en los silencios,
precedidos de armónicos suspiros,
perpendiculares a nuestro tiempo y espacio,
donde la fusión de los cuerpos, formaban uno,
marcando la penumbra, siluetas únicas.
Sellé la luz de las duermevelas a las que invitaba la noche,
decoradas con la invasión de tu mirada,
nutridas con pétalos de caricias que asomaban en cada madrugada.
Sellé la luz desprendida de la lujuria que mis sueños revelaban.
Si quisieras no ser tú, yo haría de ti el lugar donde comienza la tormenta.
Bajarías conmigo hasta ti, en paralelo, hasta ese lugar tan tuyo
en el que caes encantada en mi trampa encantada
para sentir el sabor dulce y amargo de los suspiros que abrasan la boca.
Aún me invade la hermosura de nuestras complicidades,
las áureas de los amaneceres que guardaban nuestros secretos,
resguardados por la Luna ausente que custodian las estrellas.
Aún espero que los días se transformen en noches sempiternas,
ataviadas con la luz de tu mirada, en el corazón de mis ojos
arbotantes de los tuyos,
la sencillez de tus manos, recorriendo las esporas
de mis instintos más básicos, subyacentes del pensamiento.
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