BEN.
Poeta que considera el portal su segunda casa
Ah la triste noche
cómo embalsama mi cuerpo
desde una caricia remota
en lo más oscuro del ángulo,
cómo explota mi llanto
rehaciendo partículas soñolientas.
Investigo, triste moneda rubia,
dónde, dónde hallarte o cómo
encontrarte, rastro fulminado
de semillas adolescentes que fulguran
restallando, oh triste noche,
acaso, cuando vigilas nostálgica
las perfumadas acacias milagrosas,
y te entran ganas de fusilar almas,
de acometer cuerpos, no es exacto
decir que es tu cuerpo lo que asesinas
y es tu alma la que añoras? Oh triste
noche, cómo arribas desde tus alocados
puertos sonrientes al drama edulcorado
de mi noche?. Mojando densamente
tu eterno divagar impreciso, es entonces
cuando de repente, asaltas con la duda
del durmiente, del desvanecido, del orondo
ortopedista aferrado como un sapo a sus sienes.
Luego, miras la penumbra
como un perro sanguinario, con la lechuza
inhabitable mordiendo tus labios tropezando
de luna, y caes, y te redimes, y mientes
y acaso, buscas la fraternidad en un pestilente
antro; mas no es la dulce agonía la que predican
tus opuestos brazos, las manos que alargas
como cuellos destensados, hasta los mármoles
del banco, hasta los incensarios moribundos
de los techos ingobernables. Es tu caricia
opresora la que redime el cuerpo en busca
de su alma, en busca de sus labios, en busca
de las almibaradas pretensiones del buen burgués.
Y echas de menos el latido de un pecho,
la carne sonrosada de los triángulos, las perniciosas
balaustradas de los lívidos y mórbidos sistemas.
Las estrellas? Las llanuras insondables? Merd !
À la merd avec tout! La tristeza orgánica, la tristeza
risible, la que equipara sueldos y baja ladrillos
la que empuja desde su solitario abismo los dientes
del obrero, la que despoja de molares a los fabricantes
de oro, la que renace en cada abeja tambaleante,
la que cesa su actividad cuando desciende el sol ;
ésa, no halla más que despojos en vuestros
honorarios, en vuestras tumbas, en vuestros confortables
númenes sanguinolentos. ©
cómo embalsama mi cuerpo
desde una caricia remota
en lo más oscuro del ángulo,
cómo explota mi llanto
rehaciendo partículas soñolientas.
Investigo, triste moneda rubia,
dónde, dónde hallarte o cómo
encontrarte, rastro fulminado
de semillas adolescentes que fulguran
restallando, oh triste noche,
acaso, cuando vigilas nostálgica
las perfumadas acacias milagrosas,
y te entran ganas de fusilar almas,
de acometer cuerpos, no es exacto
decir que es tu cuerpo lo que asesinas
y es tu alma la que añoras? Oh triste
noche, cómo arribas desde tus alocados
puertos sonrientes al drama edulcorado
de mi noche?. Mojando densamente
tu eterno divagar impreciso, es entonces
cuando de repente, asaltas con la duda
del durmiente, del desvanecido, del orondo
ortopedista aferrado como un sapo a sus sienes.
Luego, miras la penumbra
como un perro sanguinario, con la lechuza
inhabitable mordiendo tus labios tropezando
de luna, y caes, y te redimes, y mientes
y acaso, buscas la fraternidad en un pestilente
antro; mas no es la dulce agonía la que predican
tus opuestos brazos, las manos que alargas
como cuellos destensados, hasta los mármoles
del banco, hasta los incensarios moribundos
de los techos ingobernables. Es tu caricia
opresora la que redime el cuerpo en busca
de su alma, en busca de sus labios, en busca
de las almibaradas pretensiones del buen burgués.
Y echas de menos el latido de un pecho,
la carne sonrosada de los triángulos, las perniciosas
balaustradas de los lívidos y mórbidos sistemas.
Las estrellas? Las llanuras insondables? Merd !
À la merd avec tout! La tristeza orgánica, la tristeza
risible, la que equipara sueldos y baja ladrillos
la que empuja desde su solitario abismo los dientes
del obrero, la que despoja de molares a los fabricantes
de oro, la que renace en cada abeja tambaleante,
la que cesa su actividad cuando desciende el sol ;
ésa, no halla más que despojos en vuestros
honorarios, en vuestras tumbas, en vuestros confortables
númenes sanguinolentos. ©