Carmen Rojas Larrazabal
Poeta recién llegado
Nuestra Cena con Un Ángel
Encontré anclado en el tiempo
Un atardecer lejano,
Con su capitan JuanGriego
A quien sorprendí pescando.
Una cena junto al mar;
Los niños iban brillando,
Con pinceladas de sal
Que El Caribe había pintado.
De repente una figura
De muy menuda presencia,
Nos pedía con urgencia
Las sobras de nuestra mesa.
Se detuvo aquella escena,
Con su sol anaranjado,
Con sus barquitos de perla
Y sus recuerdos anclados.
Todos los reconocimos:
Un ángel había llegado,
Tenía vergüenza al pedirnos,
Mas el era el gran regalo.
Nos dijo, yo no hago ruido,
Comeré abajo en la acera,
Y masticare escondido
Para que ustedes no vean.
Más como darle las sobras
De nuestra miseria humana,
Si hemos anclado sus horas
A tan injusta batalla.
Con lágrimas en los ojos
Lo invitamos a la mesa;
Fuimos testigos de un rostro
Al que todos se asemejan.
El tenía nueve anos,
Mi hijo cedió su cena.
El se llamaba Gerardo:
El de las alas de seda.
Comió todo frente a el,
Como saciando su sueno,
Y algún día llegar a ser
Un pescador de JuanGriego.
Su padre vendía zapatos
En una tienda del pueblo,
Pero decía que pescando
Se aseguraba el sustento.
Ni por su ojito derecho
Entraba el atardecer,
El decía que estaba ciego,
Más ese es su parecer.
Si nos negamos a ver
El hambre de sus caminos,
El ciego de proceder
Es culpable de su olvido.
Estamos ciegos de alma,
Reyes de un reino vacío.
Nos ve con alma descalza
Este angelito perdido.
No te olvidare Gerardo,
Pues te has quedado por dentro,
Ya no en un puerto lejano,
Sino en ardiente recuerdo.
Su llama forjara sueños,
Y esa anhelada respuesta,
Que dibuja el frágil vuelo
De tus alitas de seda.
Encontré anclado en el tiempo
Un atardecer lejano,
Con su capitan JuanGriego
A quien sorprendí pescando.
Una cena junto al mar;
Los niños iban brillando,
Con pinceladas de sal
Que El Caribe había pintado.
De repente una figura
De muy menuda presencia,
Nos pedía con urgencia
Las sobras de nuestra mesa.
Se detuvo aquella escena,
Con su sol anaranjado,
Con sus barquitos de perla
Y sus recuerdos anclados.
Todos los reconocimos:
Un ángel había llegado,
Tenía vergüenza al pedirnos,
Mas el era el gran regalo.
Nos dijo, yo no hago ruido,
Comeré abajo en la acera,
Y masticare escondido
Para que ustedes no vean.
Más como darle las sobras
De nuestra miseria humana,
Si hemos anclado sus horas
A tan injusta batalla.
Con lágrimas en los ojos
Lo invitamos a la mesa;
Fuimos testigos de un rostro
Al que todos se asemejan.
El tenía nueve anos,
Mi hijo cedió su cena.
El se llamaba Gerardo:
El de las alas de seda.
Comió todo frente a el,
Como saciando su sueno,
Y algún día llegar a ser
Un pescador de JuanGriego.
Su padre vendía zapatos
En una tienda del pueblo,
Pero decía que pescando
Se aseguraba el sustento.
Ni por su ojito derecho
Entraba el atardecer,
El decía que estaba ciego,
Más ese es su parecer.
Si nos negamos a ver
El hambre de sus caminos,
El ciego de proceder
Es culpable de su olvido.
Estamos ciegos de alma,
Reyes de un reino vacío.
Nos ve con alma descalza
Este angelito perdido.
No te olvidare Gerardo,
Pues te has quedado por dentro,
Ya no en un puerto lejano,
Sino en ardiente recuerdo.
Su llama forjara sueños,
Y esa anhelada respuesta,
Que dibuja el frágil vuelo
De tus alitas de seda.