Cuando al filo del río hemos quedado
viendo partir a nuestro más amado ser,
las sombras de la noche nos envuelven,
nos mortifica
la sed.
Nuestra buena madre ha emprendido el viaje
este día a plena luz;
Seguramente, las estrellas y la luna
la esperaban ya
en el cielo azul.
Ella fue el agua, el aire, la alegría,
de la casa solariega la unidad;
el río vacío en el que ahora estamos
estuvo lleno
de su puro manantial.
En su fecunda, ejemplar y digna vida
alhelíes y jazmines cultivó;
con su suave voz y feliz talante
de nuestras rosas
las espinas retiró.
Enjugó nuestras lágrimas amargas,
pronta estuvo a consolar nuestro dolor;
sus huellas permanecen en la tierra:
de ella queda el perfume
de su flor.
La sinceridad tuvo de las plantas,
fue buena como el claro amanecer,
su mirar cual el sol iluminaba
y en el amor
consistía su poder.
Ella supo honrar su ser eterno,
ella quiso que en el mundo hubiera amor;
ella enseñaba con su ejemplo
que la vida
va más allá de este sol.
Buena madre, buena esposa, buena amiga,
emulaba el ideal superior,
cual fragancia imposible de escanciarse
a la flor primigenia
ella tornó.
Y, después de su paso por el mundo,
que la vida es buena nos recordará;
de ella que fue un generoso fruto,
su semilla en nosotros
otra vez florecerá.
Su lección de vida continúa,
permanece su amorosa oración,
prevalece su canción en el tiempo,
y en nuestros corazones
el llamado de su voz.
Es que las virtudes silenciosas
aún en su silencio siempre fructificarán;
las almas buenas, en su bondad y en su inocencia,
por sí solas
se iluminarán;
La fugacidad de esta frágil vida,
lo inevitable y cierto del sin fin dormir,
felizmente nos dejan la esperanza
de que durmiendo
hemos de vivir.
Si bien ese sueño interminable, en sí mismo,
nos estremece como un milagroso dolor,
nos hace comprensible y nos vuelve sabios
para aceptarlo con paciencia
como un don.
Sus años vividos, para asombrarnos rápidos,
para conmovernos lentos, aquí nos encontrarán
respetuosos ante el enigma indescifrado,
ante el misterio impredecible
de la inmortalidad.
Ahora, ella está en buena compañía,
en la calma inigualable de la paz,
allende, fecundando sus recuerdos
hasta el día
en que nos volvamos a encontrar.
viendo partir a nuestro más amado ser,
las sombras de la noche nos envuelven,
nos mortifica
la sed.
Nuestra buena madre ha emprendido el viaje
este día a plena luz;
Seguramente, las estrellas y la luna
la esperaban ya
en el cielo azul.
Ella fue el agua, el aire, la alegría,
de la casa solariega la unidad;
el río vacío en el que ahora estamos
estuvo lleno
de su puro manantial.
En su fecunda, ejemplar y digna vida
alhelíes y jazmines cultivó;
con su suave voz y feliz talante
de nuestras rosas
las espinas retiró.
Enjugó nuestras lágrimas amargas,
pronta estuvo a consolar nuestro dolor;
sus huellas permanecen en la tierra:
de ella queda el perfume
de su flor.
La sinceridad tuvo de las plantas,
fue buena como el claro amanecer,
su mirar cual el sol iluminaba
y en el amor
consistía su poder.
Ella supo honrar su ser eterno,
ella quiso que en el mundo hubiera amor;
ella enseñaba con su ejemplo
que la vida
va más allá de este sol.
Buena madre, buena esposa, buena amiga,
emulaba el ideal superior,
cual fragancia imposible de escanciarse
a la flor primigenia
ella tornó.
Y, después de su paso por el mundo,
que la vida es buena nos recordará;
de ella que fue un generoso fruto,
su semilla en nosotros
otra vez florecerá.
Su lección de vida continúa,
permanece su amorosa oración,
prevalece su canción en el tiempo,
y en nuestros corazones
el llamado de su voz.
Es que las virtudes silenciosas
aún en su silencio siempre fructificarán;
las almas buenas, en su bondad y en su inocencia,
por sí solas
se iluminarán;
La fugacidad de esta frágil vida,
lo inevitable y cierto del sin fin dormir,
felizmente nos dejan la esperanza
de que durmiendo
hemos de vivir.
Si bien ese sueño interminable, en sí mismo,
nos estremece como un milagroso dolor,
nos hace comprensible y nos vuelve sabios
para aceptarlo con paciencia
como un don.
Sus años vividos, para asombrarnos rápidos,
para conmovernos lentos, aquí nos encontrarán
respetuosos ante el enigma indescifrado,
ante el misterio impredecible
de la inmortalidad.
Ahora, ella está en buena compañía,
en la calma inigualable de la paz,
allende, fecundando sus recuerdos
hasta el día
en que nos volvamos a encontrar.