Raul Matas Sanchez
Poeta adicto al portal
Fue único, transitar vestido de grueso ropaje con este frío
a nadie se le ocurre transitar las calles con los ojos en delirio,
fugaces contornos para tu espalda, que atraviesa mis confines, tu falda
que se me echa encima como nalga compartida, como víscera soñada,
con aliento de refuerzo, como el contínuo rumor de tus quejidos,
como el cuerpo del que escribe que perturba tus latidos,
tus ojos teñidos, tu sombra, tu forma, el infinito placer de tu cuerpo mullido,
henchido de gozo, de placer al ver que me desprendo de mi piel
y te reviso, un tercer aviso de los muchos que te he dado,
remojado en tus contornos, en tus hombros, en la noche repleta de escombros,
de cielos azules al lado de los cielos grises, cuando dices que vienes,
llegas tarde, pero llegas, cuando sueño con tus lindos ojos blancos,
con el manto azulado de tus llantos, pero sin pena,
con agrario y singular destello humano,
profano, en el lejano ritual de oraciones,
canciones, procesiones y simulacros, de guerra, de paz, detrás de todo lo visto, lo encontrado y lo musitado,
cerca de las cortes marciales, titulares, sin modos contínuos,
entendiendo el frío de este invierno,
que cala, señala, que gira y resucita,
que vuelve a morir en tanta lluvia.
Por eso te describo en poesía,
en dulce y silenciosa melancolía,
pero no de pena,
tristeza alegre,
sonrisas de frío porque lo hace, porque nos nace,
porque vuelve a morir y a renacer.
Es el loco hombre portuario con prontuario de hombre,
de ser humano,
de ser profano, y a la vez enconado creyente,
ausente de misas,
presente en devociones, canciones a los santos,
súplicas a santas,
que nos vengan a ayudar,
que nos vengan a salvar,
pues muere el hombre, resucita la palabra,
nos trepa el destino, por ramas, por fama, por gloria, por euforia,
y esperamos al prometido,
al vigía constante de Judea,
al emisario del divino en su apogeo,
en este oscuro divisar,
en esto eterno.
a nadie se le ocurre transitar las calles con los ojos en delirio,
fugaces contornos para tu espalda, que atraviesa mis confines, tu falda
que se me echa encima como nalga compartida, como víscera soñada,
con aliento de refuerzo, como el contínuo rumor de tus quejidos,
como el cuerpo del que escribe que perturba tus latidos,
tus ojos teñidos, tu sombra, tu forma, el infinito placer de tu cuerpo mullido,
henchido de gozo, de placer al ver que me desprendo de mi piel
y te reviso, un tercer aviso de los muchos que te he dado,
remojado en tus contornos, en tus hombros, en la noche repleta de escombros,
de cielos azules al lado de los cielos grises, cuando dices que vienes,
llegas tarde, pero llegas, cuando sueño con tus lindos ojos blancos,
con el manto azulado de tus llantos, pero sin pena,
con agrario y singular destello humano,
profano, en el lejano ritual de oraciones,
canciones, procesiones y simulacros, de guerra, de paz, detrás de todo lo visto, lo encontrado y lo musitado,
cerca de las cortes marciales, titulares, sin modos contínuos,
entendiendo el frío de este invierno,
que cala, señala, que gira y resucita,
que vuelve a morir en tanta lluvia.
Por eso te describo en poesía,
en dulce y silenciosa melancolía,
pero no de pena,
tristeza alegre,
sonrisas de frío porque lo hace, porque nos nace,
porque vuelve a morir y a renacer.
Es el loco hombre portuario con prontuario de hombre,
de ser humano,
de ser profano, y a la vez enconado creyente,
ausente de misas,
presente en devociones, canciones a los santos,
súplicas a santas,
que nos vengan a ayudar,
que nos vengan a salvar,
pues muere el hombre, resucita la palabra,
nos trepa el destino, por ramas, por fama, por gloria, por euforia,
y esperamos al prometido,
al vigía constante de Judea,
al emisario del divino en su apogeo,
en este oscuro divisar,
en esto eterno.
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