Sí. Se que ella está allí
tras la nube obsequiosa como una fruta madura
Ella está allí y me sonríe.
Ella, la nube, tiene sus cálidas formas
sus formas de mirar sin decir nada
Ella, mi amante, duerme serena tras las formas opulentas de la nube
sonrojadas por el sol que ya declina.
Volando hacia la nada en su inmovilidad de esfinge
esa nube atardecida que almacena todos los rojos del mundo
y que, impávida, flota en el azul puro-sin-fondo.
Ella -la nube- es rojiza todavía
del color de las mejillas teñidas por la vergüenza
pero será pronto oscura como el humo más impuro
de las fábricas.
Cruza sabiamente sus dedos que son raíces
las que la anclan al cielo y se adormece con el cantar
dulcísimo de los venados en celo.
Ella, mi amante, tiene el color de la carne joven
o el de los maniquíes desvergonzados que se exhiben
tras los vidrios o en las camas.
Pero ha de ser su color variable
ha de ser como arco iris o el de la mezcla de mi amor y el deseo de tenerla
color que se sólo se crea en mi desaforada paleta.
Ella, no se si mi amante o la nube rojinegra
está tendiendo el tejido de estrellas que morirán esta noche
morirán sólo en mis ojos
a medida que se apague mi deseo y ella vuelva a ser
tan solo nube, tan solo forma que se desvanece
mientras fijamente navega.
Entonces volverán los caballos del alba nueva
y tendré como un Sísifo irredimible
que escalar los escalones de esa búsqueda siempre renovada
la del amor que no cesa
con sus rayos
con sus nubes con formas de mujeres
suntuosas
rojas
anunciadoras de la muerte que no llega.
Ilust.: Alice Savage. Fotografía.
tras la nube obsequiosa como una fruta madura
Ella está allí y me sonríe.
Ella, la nube, tiene sus cálidas formas
sus formas de mirar sin decir nada
Ella, mi amante, duerme serena tras las formas opulentas de la nube
sonrojadas por el sol que ya declina.
Volando hacia la nada en su inmovilidad de esfinge
esa nube atardecida que almacena todos los rojos del mundo
y que, impávida, flota en el azul puro-sin-fondo.
Ella -la nube- es rojiza todavía
del color de las mejillas teñidas por la vergüenza
pero será pronto oscura como el humo más impuro
de las fábricas.
Cruza sabiamente sus dedos que son raíces
las que la anclan al cielo y se adormece con el cantar
dulcísimo de los venados en celo.
Ella, mi amante, tiene el color de la carne joven
o el de los maniquíes desvergonzados que se exhiben
tras los vidrios o en las camas.
Pero ha de ser su color variable
ha de ser como arco iris o el de la mezcla de mi amor y el deseo de tenerla
color que se sólo se crea en mi desaforada paleta.
Ella, no se si mi amante o la nube rojinegra
está tendiendo el tejido de estrellas que morirán esta noche
morirán sólo en mis ojos
a medida que se apague mi deseo y ella vuelva a ser
tan solo nube, tan solo forma que se desvanece
mientras fijamente navega.
Entonces volverán los caballos del alba nueva
y tendré como un Sísifo irredimible
que escalar los escalones de esa búsqueda siempre renovada
la del amor que no cesa
con sus rayos
con sus nubes con formas de mujeres
suntuosas
rojas
anunciadoras de la muerte que no llega.
Ilust.: Alice Savage. Fotografía.
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