Como el crepúsculo de oro
cayó la ira.
No esperó a que amaneciera,
ni siquiera albergó la esperanza;
una aguda brisa de tu boca
llegaba a tus campos,
embrujaba tu instinto y,
fielmente, robaba tu fruto.
No llores...
Un brazo que fue cortando,
a duras penas, tu rabia y la mía.
Ya no luchamos;
dejamos que sea el Otoño
quien regrese,
quien inunde nuestras almas,
quizá algún día floridas,
hoy marchitas, muertas.
¡Qué dolor tan profundo,
qué angustia!,
no puedo levantar el vuelo:
senectas carnes me cubren,
blancos son mis cabellos,
mas no lloro...
No lloro porque no puedo.
cayó la ira.
No esperó a que amaneciera,
ni siquiera albergó la esperanza;
una aguda brisa de tu boca
llegaba a tus campos,
embrujaba tu instinto y,
fielmente, robaba tu fruto.
No llores...
Un brazo que fue cortando,
a duras penas, tu rabia y la mía.
Ya no luchamos;
dejamos que sea el Otoño
quien regrese,
quien inunde nuestras almas,
quizá algún día floridas,
hoy marchitas, muertas.
¡Qué dolor tan profundo,
qué angustia!,
no puedo levantar el vuelo:
senectas carnes me cubren,
blancos son mis cabellos,
mas no lloro...
No lloro porque no puedo.