¡Oh, amarga decepción!
¡Cuan hermosa eres por fuera!
¡Cuan vacío el interior!
Desde que te ví, bella flor,
mi mente se desespera,
flaquea mi corazón.
Mas, cuando acercarme a tí pude
llegó a mi la perdición
pues jamás hallé mujer
con una tan triste voz.
Parecíasme sensata,
aquella fue mi impresión.
Pero ahora que te oigo
entiendo, al fín, la razón
de que, siendo tan hermosa,
carezcas aún de varón.
Pues tu hablar suena vacío
y opaco es tu corazón,
aunque apenas te conozca
no hallo equivocación
entre lo que ven mis ojos
y esta triste conclusión.
Entiende, al fin, el motivo
de toda mi ofuscación
y es que mis ojos me guían
solo en tu dirección.
Pero acercarme no debo,
me lo dice la intuición,
a una mujer impía
y de obtusa condición.
Veo conciencia en tu mirada
si te acercas, por favor,
no vayas a decir nada
que aumente mi repulsión
hacia el hablar que profesas,
hacia el tono de tu voz.
No me hables con confianza,
pues esa nunca existió.
Sé prudente y respetuosa
con mi humilde condición,
y no se te ocurra hablar
con ese tono burlón,
ese que desespera,
la razón de mi dolor.
Mantengo aún la esperanza
de encontrarme en un error.
Espero que sea posible
que llegue a aceptar tu voz
y que no me desespere
esta mala situación.
Si esto no se cumpliese
alzaré una maldición
y gritaré entre sollozos:
¡Oh amarga decepción!
¡Cuan hermosa eres por fuera!
¡Cuan vacío el interior!
Desde que te ví, bella flor,
mi mente se desespera,
flaquea mi corazón.
Mas, cuando acercarme a tí pude
llegó a mi la perdición
pues jamás hallé mujer
con una tan triste voz.
Parecíasme sensata,
aquella fue mi impresión.
Pero ahora que te oigo
entiendo, al fín, la razón
de que, siendo tan hermosa,
carezcas aún de varón.
Pues tu hablar suena vacío
y opaco es tu corazón,
aunque apenas te conozca
no hallo equivocación
entre lo que ven mis ojos
y esta triste conclusión.
Entiende, al fin, el motivo
de toda mi ofuscación
y es que mis ojos me guían
solo en tu dirección.
Pero acercarme no debo,
me lo dice la intuición,
a una mujer impía
y de obtusa condición.
Veo conciencia en tu mirada
si te acercas, por favor,
no vayas a decir nada
que aumente mi repulsión
hacia el hablar que profesas,
hacia el tono de tu voz.
No me hables con confianza,
pues esa nunca existió.
Sé prudente y respetuosa
con mi humilde condición,
y no se te ocurra hablar
con ese tono burlón,
ese que desespera,
la razón de mi dolor.
Mantengo aún la esperanza
de encontrarme en un error.
Espero que sea posible
que llegue a aceptar tu voz
y que no me desespere
esta mala situación.
Si esto no se cumpliese
alzaré una maldición
y gritaré entre sollozos:
¡Oh amarga decepción!