Alex Courant
Poeta adicto al portal
¡Oh desconocida!
Intacto está el misterio de tu voz,
el jade de tu nombre siempre virgen,
el cendal de tu blusa
remontando el oleaje de tus senos.
Intacta permanece tu delgada figura,
tibia, definitiva,
bajo mis párpados durmiendo.
Yo perdí a mi nostalgia en tu sonrisa,
junto al café y el pan servidos de tus manos.
Me extravié torpemente
en el gran laberinto de tu cabello negro,
en la astral profecía de su luz.
Me oculté en el fogón de tu cintura,
en el andar pausado de tus pasos.
Me adueñe de tu sangre y de sus cauces,
de tu sombra bandida, de su virtud de perla.
Y nunca lo supiste.
Por más que nuestras cómplices miradas
con arrebato se palparan.
Por más que nuestros necios corazones
se hablaran por latidos.
Por más que nuestras risas
jugaran a esconderse como niños
y siempre terminaran encontrándose.
No, nunca lo supimos.
¡Oh desconocida!
El mundo, con su tierra y con sus mares,
sólo era un remolino de alba niebla,
y yo, un alma desnuda, como un pájaro ciego,
desgranaba el aliento y la esperanza
en las fauces con hambre de la cólera.
A ti, relámpago de vida.
Te cambié por mis libros, por sus páginas,
en cada noche de mis noches solas.
Intacto está el misterio de tu voz,
el jade de tu nombre siempre virgen,
el cendal de tu blusa
remontando el oleaje de tus senos.
Intacta permanece tu delgada figura,
tibia, definitiva,
bajo mis párpados durmiendo.
Yo perdí a mi nostalgia en tu sonrisa,
junto al café y el pan servidos de tus manos.
Me extravié torpemente
en el gran laberinto de tu cabello negro,
en la astral profecía de su luz.
Me oculté en el fogón de tu cintura,
en el andar pausado de tus pasos.
Me adueñe de tu sangre y de sus cauces,
de tu sombra bandida, de su virtud de perla.
Y nunca lo supiste.
Por más que nuestras cómplices miradas
con arrebato se palparan.
Por más que nuestros necios corazones
se hablaran por latidos.
Por más que nuestras risas
jugaran a esconderse como niños
y siempre terminaran encontrándose.
No, nunca lo supimos.
¡Oh desconocida!
El mundo, con su tierra y con sus mares,
sólo era un remolino de alba niebla,
y yo, un alma desnuda, como un pájaro ciego,
desgranaba el aliento y la esperanza
en las fauces con hambre de la cólera.
A ti, relámpago de vida.
Te cambié por mis libros, por sus páginas,
en cada noche de mis noches solas.
:: y un gran abrazo argentino.