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Olor a cedro.

PAIRO

Poeta recién llegado
Olor a cedro.



El olor a cedro me tranquilizaba, pero las voces eran penetrantes, hablaban unos, contestaban otros, se escuchaban lejanos, no podía entender lo que hablaban, solo escuchaba letanías en el viento. A veces, se escuchaban llantos, sollozos tenues, como aquel lloro que llega cuando el conforte palpa el alma o como la pena que se va ausentando conforme el sabio tiempo se va consumiendo.

Esa noche, Consuelo se acerco delicadamente y me beso la frente, sentí sus labios húmedos rozar mi piel, su suave caricia parecía un interminable adiós, y a la vez, un lapso sereno que arrebataba nostalgia, quería abrazarla, pero mi cuerpo estaba rígido, aunque yo me sentía tan ligero como una hoja que trepa en el viento y casi podía jurar que me elevaba, si no fuera por que todo lo veía desde abajo.

Pasaron horas entre olor a cempasúchil, quema de veladoras y letanías fúnebres, a muchos, les vi su asombro, a otros, se les notaba en su pena el peso de pensar en el momento en que se vieran en mi lugar, algunos que se acercaron, destilaban de sus ojos la farsa de su llanto y unos cuantos entre ellos Consuelo, realmente suturaban dolor extremo. Aquellos dolientes, eran realmente por lo que lamentaba no haberme aferrado un poco mas a la efímera vida que me vomitaba.

Al poco rato, el ambiente se fue transformando en despido y aquellos que poco lloraban se envolvieron en un llanto incesante, pues era tiempo de atrancar la puerta que aprisionare mi cuerpo en el oscuro oler del cedro. Consuelo, nuevamente beso mi frente, acaricio mi mejilla y con un ¡Dios te tenga en su gloria! Cerró la cortina de mi oscura habitación, al tiempo que le dije, adiós.

Se sentía una oscuridad colosal, pero las voces no se apagaban, se combinaban con el vaivén de la marcha tétrica que me llevaba al valle de las olvidas moradas. Durante todo el camino, me rondaron memorias añejas y experiencias de vida, cual película de duración perpetua.

De pronto, cesaron las voces, todo se torno tranquilidad, la oscuridad delato soledad y en mi lecho de muerte contemplaba mi perpetua película, mientras mi descanso llegaba, al tranquilizar del olor a cedro.
 

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