Mª Amparo Garrigós Cerdán
Poeta recién llegado
Las cosas que no se nombran casi no existen:
el silencio las va matando hasta hacerlas desaparecer
ISABEL ALLENDE
Muy lentamente, el tiempo pasa: parece que los días fueran siglos desde que faltas.
Hoy, cuando de alguna manera el dolor se ha remansado, desde la serenidad y una cierta cordura, quisiera darte la vida que ya no tienes, rescatarte de las sombras y hacerte ser, aunque sea por un segundo, el que fuiste, lo que fuiste, darte tu nombre y arrancarte del silencio que ya eres. Los recuerdos ejercen su tiranía intentando llenar el espacio que tú ocupabas en nuestras vidas, pero no es suficiente: ni bastan ellos, ni las fotos pueden devolverte la gracia de existir, sólo una cosa es capaz de arrebatarte de la muerte: la palabra, las palabras. Por eso tomo la espada que es este humilde bolígrafo en esta tarde de verano, para rasgar el velo negro que nos hurta tu presencia y traerte de nuevo aquí, junto a nosotros, con ella: las palabras, la palabra siempre redentora del olvido.
Despacio, pero sin tregua, se ha ido extinguiendo en nuestros oídos el timbre de tu voz. En el aire se diluye el olor agridulce que identificaba tu presencia y que todavía buscamos en tus ropas, aún colgadas de sus perchas tristes. Se borra el sonido de tus pasos lentos al subir la escalera, siempre acompañados del crujido de tu rodilla, y echamos de menos el ritmo de tu respiración, siempre fatigada, cuando el sueño te tomaba a deshoras en el rincón del sofá.
Pero, me miro en el espejo: veo tus mismos ojos, y esta recta nariz es igual que la tuya, la forma de mi cara, y el gesto al hablar , es entonces cuando comprendo que estás aquí y vives, perduras en mí.
Estás, aunque no seas: me lo dice el trino de tus nietas jugando en el patio, y ese pequeño lunar en la barba de mi hermano, y el talante honrado y severo que tomamos de ti, día a día, todos los que viviste, y aquella dulce sensibilidad, traducida en notas musicales que escapaban hacia el cielo a través del clarinete, de tu clarinete siempre impaciente. Y en ese instante, siento que la vida fluye derrotando al tiempo y creo en ella: así, el dolor y la desolación que deja la muerte se diluyen en el dulce almíbar de la promesa siempre renovada del futuro gestado en ti. Es en ese momento cuando, profunda y sinceramente, te doy las gracias por haberme traído a ella desde la Nada: ha sido hermoso nacer de parte de ti, conocerte y amarte. Y es un orgullo ser el puente que te llevará al mañana como el que camina hacia la puesta de sol, siempre en busca de un nuevo amanecer.
el silencio las va matando hasta hacerlas desaparecer
ISABEL ALLENDE
Muy lentamente, el tiempo pasa: parece que los días fueran siglos desde que faltas.
Hoy, cuando de alguna manera el dolor se ha remansado, desde la serenidad y una cierta cordura, quisiera darte la vida que ya no tienes, rescatarte de las sombras y hacerte ser, aunque sea por un segundo, el que fuiste, lo que fuiste, darte tu nombre y arrancarte del silencio que ya eres. Los recuerdos ejercen su tiranía intentando llenar el espacio que tú ocupabas en nuestras vidas, pero no es suficiente: ni bastan ellos, ni las fotos pueden devolverte la gracia de existir, sólo una cosa es capaz de arrebatarte de la muerte: la palabra, las palabras. Por eso tomo la espada que es este humilde bolígrafo en esta tarde de verano, para rasgar el velo negro que nos hurta tu presencia y traerte de nuevo aquí, junto a nosotros, con ella: las palabras, la palabra siempre redentora del olvido.
Despacio, pero sin tregua, se ha ido extinguiendo en nuestros oídos el timbre de tu voz. En el aire se diluye el olor agridulce que identificaba tu presencia y que todavía buscamos en tus ropas, aún colgadas de sus perchas tristes. Se borra el sonido de tus pasos lentos al subir la escalera, siempre acompañados del crujido de tu rodilla, y echamos de menos el ritmo de tu respiración, siempre fatigada, cuando el sueño te tomaba a deshoras en el rincón del sofá.
Pero, me miro en el espejo: veo tus mismos ojos, y esta recta nariz es igual que la tuya, la forma de mi cara, y el gesto al hablar , es entonces cuando comprendo que estás aquí y vives, perduras en mí.
Estás, aunque no seas: me lo dice el trino de tus nietas jugando en el patio, y ese pequeño lunar en la barba de mi hermano, y el talante honrado y severo que tomamos de ti, día a día, todos los que viviste, y aquella dulce sensibilidad, traducida en notas musicales que escapaban hacia el cielo a través del clarinete, de tu clarinete siempre impaciente. Y en ese instante, siento que la vida fluye derrotando al tiempo y creo en ella: así, el dolor y la desolación que deja la muerte se diluyen en el dulce almíbar de la promesa siempre renovada del futuro gestado en ti. Es en ese momento cuando, profunda y sinceramente, te doy las gracias por haberme traído a ella desde la Nada: ha sido hermoso nacer de parte de ti, conocerte y amarte. Y es un orgullo ser el puente que te llevará al mañana como el que camina hacia la puesta de sol, siempre en busca de un nuevo amanecer.