Pedro Tomás Cuervo
Poeta recién llegado
para R.
Quedé ardiendo tras el paso de tus manos;
absurdo y pequeño ante tu inefable huella.
En mi rostro aún vibra cada beso que dejaste:
vida surgiendo en un planeta virgen.
Como una caricia de Dios, creas un nuevo mundo en mi cuerpo,
lo haces florecer, expandirse y latir, reverdeciendo.
Con un toque de tus dedos, como la providencia,
creas en mí una evolución de estadios inconmensurables.
Haces que la vida en mí estalle y se expanda
como una manada de búfalos salvajes en estampida por la pradera.
Cierro mis tardos ojos y trato de recordar un beso tuyo,
y el silencio manchado con el compás de nuestras bocas reconociéndose,
se funde en el calor del mediodía perenne en el que encontré a tus labios esperándome
y en que los míos cesaron su búsqueda descansando sobre éstos,
extendiéndose por completo en ellos, estrechándolos, abrazándolos,
aferrándose a su desenfreno, así como la razón abraza a la locura.
Pequeña y dulce, hecha de azúcar y arena blanca;
sabes a luna llena y brillante, a mandarina jugosa,
a noche dilatada y luego depositada en la profundidad de tus ojos.
Tus manos pequeñas aún me recorren,
incluso teniéndote tan lejos,
su paso es ágil, exacto, decisivo, acaso virtuoso;
no contemplan el temblor bajo el cual marchan,
ni las flores, hierbas y pasto que dejan tras su paso
ni como giran, danzan, se agitan;
cual niñas bailando en el parque un domingo en la tarde,
como ninfas retozando y jugando junto al río.
¿Qué más puedo decirte?
si la cicatriz en mis labios ha de ser perenne,
si la huella de tu boca moviéndose permanece intacta,
si mi lengua, al moverse, al hablar, te busca, te anhela;
si en el fondo de mi cuerpo, en las profundidades de mi anonadado corazón
que ha encontrado un refugio hermoso y cálido tras tus puertas abiertas,
ahora yace tu nombre como un trozo de recuerdo vivo y latente,
incluso antes de ser recordado... o creído como real y cierto
¿cómo más decirte que te amo?