PARAISO.
La tarde nos sorprendió desnudos en el Paraíso
acariciando la jugosa manzana
que tanto dolor de cabeza ha traído
desde que nos marchamos por el sendero del bosque
a vista y paciencia de todo el mundo.
Pobre de ti, amada.
Los rumores llevaron tu azotado cuerpo
por la dolorosa vía de la amargura.
Vestías las llagas de la insidia
y los lirios que adornaban tus cabellos
tornáronse agudos cardos
cuando presentimos creación y muerte
conjugarse el mismo instante.
Tu madre y mi madre guardaron respetuoso silencio
pensando que nos habían perdido para siempre.
Luego bebieron toda el agua bendita de la Iglesia
desbordando el altar de padrenuestros.
Todo fue en vano.
Los dioses fuimos nosotros mismos
desvestidos árboles de otoño,
templos de consumación y letargo.
Desde allí trenzamos vuelta a vuelta
los hilos de sangre,
vertiente cálida en el océano paralelo de los vientres,
alimentando desesperadamente la afiebrada boca de los cáliz
hasta romper la voces en una lluvia de silencios
y volver
a la quietud del amor y el Paraíso.