Las pirámides de El Louvre se han disuelto
humilladas en su escueta geometría
y todo aquel vidrio sin imagen se ha esparcido
por las avenidas abigarradas de castaños.
Aparto las esferas minuciosas con nombres y apellidos
y pido al camarero de fino bigote
mi enésimo pernod y un par de castañuelas
los mimbres de mi silla se estremecen con el frío.
Mansas, como olas o ondulados pentagramas,
bajan desde La Butte acariciando escaleras, nacidas en el viejo cementerio
las brumas que han de empujar los flâneurs
hacia los pasajes donde todavía la luz es vivísima
para alumbrar a las almas perdidas y a los alfiles desorientados.
Las vitrinas ausentes ya de lujos y miradas
ocupadas desde el atardecer por medusas y mariposas
se iluminan con los brillos de farolas como signos de admiración
y los reflejos azules de las lágrimas furtivas.
(Mientras, las negras limusinas perezosas
recogen a lo perros elegantes que agonizan.)
Un grueso trasantlántico obstruye el Sena
y los amantes se refugian bajo los puentes en ruinas.
Los recuerdos se amontonan tras mis ojos y me ciegan.
Gruesas bolas de rojo amargo estallan en mi cerebro.
Decaído, como un guerrero oxidado por su sangre
me aproximo al pretil del Puente Nuevo.
Bajo él aguas oscuras que callan los recientes suicidios de poetas
que me invitan a acompañarlos Sena abajo.
Me resisto atraído por la espléndida llamada
con ecos en bajo continuo
que me hacen desde una garganta adornada con collares de coral.
Una garganta que pinté cuando era Modigliani
transfigurado en una enervante epifanía de bebedores de absenta.
Desde lejanas guingettes las voces estremecidas
de los antiguos danzantes de java
me traen imágenes nacidas de las copas de cálido vino
vapores como tiempo adormecido
recuerdos en forma de nubes o poemas.
París paseado en madrugadas sin aroma
llorando espinas y flores de lis.
Busco la brújula que me conduzca al viejo café donde fui amado.
Mi viejo corazón dorado canta con trémula voz de clochard
mientras admira el paso de las esfinges que bajan del autobús.
Busco la brújula que me conduzca
a las vacías cuencas de una ciudad ya muerta
a aquellos días asesinados por tanta vida
a aquellos castaños florecidos por canciones
a la pasión que se cimbrea entre las ondas del río
y los suaves valses de amor.
París paseado en madrugadas lustrales
mientras busco la brújula que me lleve de nuevo a tí
hasta esos mundos fabulosos con lámparas llorosas
jardines que surgen bajo la sombra inesperada de los plátanos
y doncellas con pelucas y enaguas con polisón de raso plateado
mundos que existen todavía tras los cristales de las conciergeries
en las elegantes mansiones del Distrito XVII.
Ilust.: “A l’heure de l’observatoire. Les amoureux”. Man Ray.
humilladas en su escueta geometría
y todo aquel vidrio sin imagen se ha esparcido
por las avenidas abigarradas de castaños.
Aparto las esferas minuciosas con nombres y apellidos
y pido al camarero de fino bigote
mi enésimo pernod y un par de castañuelas
los mimbres de mi silla se estremecen con el frío.
Mansas, como olas o ondulados pentagramas,
bajan desde La Butte acariciando escaleras, nacidas en el viejo cementerio
las brumas que han de empujar los flâneurs
hacia los pasajes donde todavía la luz es vivísima
para alumbrar a las almas perdidas y a los alfiles desorientados.
Las vitrinas ausentes ya de lujos y miradas
ocupadas desde el atardecer por medusas y mariposas
se iluminan con los brillos de farolas como signos de admiración
y los reflejos azules de las lágrimas furtivas.
(Mientras, las negras limusinas perezosas
recogen a lo perros elegantes que agonizan.)
Un grueso trasantlántico obstruye el Sena
y los amantes se refugian bajo los puentes en ruinas.
Los recuerdos se amontonan tras mis ojos y me ciegan.
Gruesas bolas de rojo amargo estallan en mi cerebro.
Decaído, como un guerrero oxidado por su sangre
me aproximo al pretil del Puente Nuevo.
Bajo él aguas oscuras que callan los recientes suicidios de poetas
que me invitan a acompañarlos Sena abajo.
Me resisto atraído por la espléndida llamada
con ecos en bajo continuo
que me hacen desde una garganta adornada con collares de coral.
Una garganta que pinté cuando era Modigliani
transfigurado en una enervante epifanía de bebedores de absenta.
Desde lejanas guingettes las voces estremecidas
de los antiguos danzantes de java
me traen imágenes nacidas de las copas de cálido vino
vapores como tiempo adormecido
recuerdos en forma de nubes o poemas.
París paseado en madrugadas sin aroma
llorando espinas y flores de lis.
Busco la brújula que me conduzca al viejo café donde fui amado.
Mi viejo corazón dorado canta con trémula voz de clochard
mientras admira el paso de las esfinges que bajan del autobús.
Busco la brújula que me conduzca
a las vacías cuencas de una ciudad ya muerta
a aquellos días asesinados por tanta vida
a aquellos castaños florecidos por canciones
a la pasión que se cimbrea entre las ondas del río
y los suaves valses de amor.
París paseado en madrugadas lustrales
mientras busco la brújula que me lleve de nuevo a tí
hasta esos mundos fabulosos con lámparas llorosas
jardines que surgen bajo la sombra inesperada de los plátanos
y doncellas con pelucas y enaguas con polisón de raso plateado
mundos que existen todavía tras los cristales de las conciergeries
en las elegantes mansiones del Distrito XVII.
Ilust.: “A l’heure de l’observatoire. Les amoureux”. Man Ray.
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