Ambos no dejaban de mirarse. Ella la beso primero. Estaban en una playa solitaria. Sólo se oían las olas del mar. Atardecía y la arena quemaba poco. Él le toco el rostro besándola apasionadamente. Bajo sus manos hacía su escote y palpó uno de sus senos. Ella se entregaba al momento. Se extendió sobre la arena y él la desvistió. Desnudos sobre la arena, el sol los cobijaba con sus últimos rayos. Él la embestía al ritmo de las olas, y los jadeos de ella, se confundían con los graznidos de las gaviotas. Hasta que los primeros momentos de la noche, los acunaba como dos cuerpos solitarios, embelesados en un demencial frenesí, cubriéndolos con su manto febril, hasta que ellos estén rendidos, al fin.