Las horas interminables se
encuentran, chocan,
vacían sus cúpulas de incomprensión
ante la adversidad,
vacilan
los minutos vencidos
del luchador implacable
palpitan sedientos de fracaso.
La mirada absurda,
del vicioso se vuelve
etérea y preocupante
por aquello que hace decir
y que dice hacer.
Y nos volvemos locos,
porque las cosas se vuelven vivas
y los vivos se vuelven cosas,
deslumbrantes,
ante el deseo de ser sueños pegados
en la almohada,
sucumben
ante el miedo de ser pasiones vagas
o convertirse:
en el mayor de los deseos.
encuentran, chocan,
vacían sus cúpulas de incomprensión
ante la adversidad,
vacilan
los minutos vencidos
del luchador implacable
palpitan sedientos de fracaso.
La mirada absurda,
del vicioso se vuelve
etérea y preocupante
por aquello que hace decir
y que dice hacer.
Y nos volvemos locos,
porque las cosas se vuelven vivas
y los vivos se vuelven cosas,
deslumbrantes,
ante el deseo de ser sueños pegados
en la almohada,
sucumben
ante el miedo de ser pasiones vagas
o convertirse:
en el mayor de los deseos.