Por cada día inerte le asestaron
una traición metálica en la espalda,
y encajaba los golpes de distancia
como si fueran parte ya de la rutina.
Le acompañaba un séquito de sangre
por la vertiente oscura de su sombra
al margen de la paz del transeúnte
rumiando su dolor de contrabando.
Era un circuito ajeno a las conversaciones
o al placer material de los pecados,
imprescindibles para la salud
que aún tenía que aguantar la vida.
Y mientras, la envoltura de sus ojos
se iba cayendo al par que los instantes,
que la siniestra soledad trasera
en la que no crecía
sino el pecado de omisión acuático
milésima a milésima hasta el túnel
donde dicen que siempre crece el tiempo
y el agua no se agota a retaguardia.
una traición metálica en la espalda,
y encajaba los golpes de distancia
como si fueran parte ya de la rutina.
Le acompañaba un séquito de sangre
por la vertiente oscura de su sombra
al margen de la paz del transeúnte
rumiando su dolor de contrabando.
Era un circuito ajeno a las conversaciones
o al placer material de los pecados,
imprescindibles para la salud
que aún tenía que aguantar la vida.
Y mientras, la envoltura de sus ojos
se iba cayendo al par que los instantes,
que la siniestra soledad trasera
en la que no crecía
sino el pecado de omisión acuático
milésima a milésima hasta el túnel
donde dicen que siempre crece el tiempo
y el agua no se agota a retaguardia.