Pedro Olvera
#ElPincheLirismo
Pecosa: ese caracol que andaba por tus piernas esa noche
que antecedió a estas otras cinco mil noches
me perforó una costilla anoche, se metió en mi corazón,
se comió mi tulipán de concha nácar,
y dejó una veredita de latidos brillantes y babosos
con rumbo del panteón municipal.
Ha crecido bien la hiedra en los monumentos del olvido,
pero recordé con poca luz tus muchas pecas
y las veces que ibas con el vaho por delante
o metida en una nube con matrícula de Albanta.
Te acompañé de polizonte a buscar la golondrina verde
que solo tú veías con tu calidoscopio atmosférico,
pero caí de una cuerda de Bartok al círculo vicioso y mareado
de perseguirte con mi lengua y sus malas intenciones.
Te hice una tiara con las plumas de mi Pegaso de cartón
y te declaré emperadora plenipotenciaria y vitalicia
del desorden mental de mi sofá cada viernes a las seis.
El verano de ese año se extendió hasta noviembre
quizás porque en junio no logré espantar los mirasoles de tus ojos
con mi corbata de ahorcar árboles.
Te dabas a fluir sin tratar de detener los astros y los ministros,
sin dictamen de baraja y siempre con los barcos ardiendo tras de ti.
Te comías los puntitos de las íes,
los repartías con tinta naranja alrededor de tu nariz.
Me escribías en cualquier cosa que tuvieras a la mano
y a veces me borrabas tan mal de mí
que tenía que ir al taller con la cara hecha un garabato,
el alma a medio pelo y con agujeros negros en el calcetín.
Escucharte hablar provocaba ciertas quemaduras menores,
pero si callabas los helicópteros caían en el jardín,
me dolía la boca entre los pulmones
y te murmuraba poemas de relumbrón con sangre escaldada
hasta que tu llamita roja volvía a revivir.
Dormir con tu luz encendida alejaba súcubos y azoteas:
decías que te gustaba por feo y por mis palabras de uñas largas,
pero que ir más allá de tragos, sueños y acrobacias
no funcionaría por mi propensión mal encauzada
a dormir boca abajo en cualquiera que durmiera bocarriba.
El día que nos desquisimos te pintaste de negro el cabello
y con el sol así de enlutado
cerré la cortina hasta que dejaron de maullar tus gatos muertos.
Anoche visité el panteón del olvido y ya no te encontré.
Por un instante la brisa revolvió tus pecas y luego se las llevó,
dejando conmigo tu ausencia de rostro que, sin embargo, me sonrió.
que antecedió a estas otras cinco mil noches
me perforó una costilla anoche, se metió en mi corazón,
se comió mi tulipán de concha nácar,
y dejó una veredita de latidos brillantes y babosos
con rumbo del panteón municipal.
Ha crecido bien la hiedra en los monumentos del olvido,
pero recordé con poca luz tus muchas pecas
y las veces que ibas con el vaho por delante
o metida en una nube con matrícula de Albanta.
Te acompañé de polizonte a buscar la golondrina verde
que solo tú veías con tu calidoscopio atmosférico,
pero caí de una cuerda de Bartok al círculo vicioso y mareado
de perseguirte con mi lengua y sus malas intenciones.
Te hice una tiara con las plumas de mi Pegaso de cartón
y te declaré emperadora plenipotenciaria y vitalicia
del desorden mental de mi sofá cada viernes a las seis.
El verano de ese año se extendió hasta noviembre
quizás porque en junio no logré espantar los mirasoles de tus ojos
con mi corbata de ahorcar árboles.
Te dabas a fluir sin tratar de detener los astros y los ministros,
sin dictamen de baraja y siempre con los barcos ardiendo tras de ti.
Te comías los puntitos de las íes,
los repartías con tinta naranja alrededor de tu nariz.
Me escribías en cualquier cosa que tuvieras a la mano
y a veces me borrabas tan mal de mí
que tenía que ir al taller con la cara hecha un garabato,
el alma a medio pelo y con agujeros negros en el calcetín.
Escucharte hablar provocaba ciertas quemaduras menores,
pero si callabas los helicópteros caían en el jardín,
me dolía la boca entre los pulmones
y te murmuraba poemas de relumbrón con sangre escaldada
hasta que tu llamita roja volvía a revivir.
Dormir con tu luz encendida alejaba súcubos y azoteas:
decías que te gustaba por feo y por mis palabras de uñas largas,
pero que ir más allá de tragos, sueños y acrobacias
no funcionaría por mi propensión mal encauzada
a dormir boca abajo en cualquiera que durmiera bocarriba.
El día que nos desquisimos te pintaste de negro el cabello
y con el sol así de enlutado
cerré la cortina hasta que dejaron de maullar tus gatos muertos.
Anoche visité el panteón del olvido y ya no te encontré.
Por un instante la brisa revolvió tus pecas y luego se las llevó,
dejando conmigo tu ausencia de rostro que, sin embargo, me sonrió.
31 de mayo de 2020