emiled
Poeta adicto al portal
Pesadilla en la recónditas sombras del alba...
En la cima del gótico balcón un lobo aúlla
y el griterío, brujas, cuervos y búhos;
chacales destrozan cisnes en los estanques
y el templo de al lado resbala con los últimos tic-tac,
como un reloj de arena eterno.
En el baldío resuena una campana,
llamas y venados corren por sobre las amargas rosas,
que pálidas, lanzan los estertores del ayer,
antes de morir, exhalando aromas de mar, de estío.
Rozando las gárgolas un brujo se posa, en la cima.
La lluvia se desploma debajo de las celosías,
y antes del cantar del gallo en medianoche
las orillas chorrean el blanco rubor del néctar carmesí
de las amapolas del jardín, en el zaguán.
La larga sombra del sujeto se estira y ensancha,
cubriendo con su velo desde el roce de la luna
hasta el lomo hediondo de la hierba fresca,
tibia brisa que sopla los cabellos de los árboles.
De repente, el silencio.
Chacales, cuervos y búhos duermen,
y el pequeño lago de más abajo
que refleja la amarillenta luna en su espejo,
sube estrepitoso hacia la inmensa autopista.
El rosedal y los brillantes lirios no respiran,
y el lobo, señor de los jardines del ocaso,
recuesta su lomo en el camino empedrado
y se entrega al exilio del sueño y la noche.
Un ave agita sus blanquísimas alas,
hasta que cae,
embelesada,
en la alfombra verde que rodea a las flores.
El gran ciprés negro observa el celaje de las nubes,
ancha bóveda sin astros ni cuerpos celestes,
y cierra los párpados
como el muerto que su losa cierra, en la tumba.
Todos duermen.
Y el brujo, en el enorme tejado del castillo
clava la vista en la sombra del campo,
los ojos rojizos en las brumas
y en el barro que dispara la tormenta.
La pesadilla.
E.N.R.D
15/09/2007
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Un castillo fue construido encima de un sendero de piedras preciosas.
En la cima del gótico balcón un lobo aúlla
y el griterío, brujas, cuervos y búhos;
chacales destrozan cisnes en los estanques
y el templo de al lado resbala con los últimos tic-tac,
como un reloj de arena eterno.
En el baldío resuena una campana,
llamas y venados corren por sobre las amargas rosas,
que pálidas, lanzan los estertores del ayer,
antes de morir, exhalando aromas de mar, de estío.
Rozando las gárgolas un brujo se posa, en la cima.
La lluvia se desploma debajo de las celosías,
y antes del cantar del gallo en medianoche
las orillas chorrean el blanco rubor del néctar carmesí
de las amapolas del jardín, en el zaguán.
La larga sombra del sujeto se estira y ensancha,
cubriendo con su velo desde el roce de la luna
hasta el lomo hediondo de la hierba fresca,
tibia brisa que sopla los cabellos de los árboles.
De repente, el silencio.
Chacales, cuervos y búhos duermen,
y el pequeño lago de más abajo
que refleja la amarillenta luna en su espejo,
sube estrepitoso hacia la inmensa autopista.
El rosedal y los brillantes lirios no respiran,
y el lobo, señor de los jardines del ocaso,
recuesta su lomo en el camino empedrado
y se entrega al exilio del sueño y la noche.
Un ave agita sus blanquísimas alas,
hasta que cae,
embelesada,
en la alfombra verde que rodea a las flores.
El gran ciprés negro observa el celaje de las nubes,
ancha bóveda sin astros ni cuerpos celestes,
y cierra los párpados
como el muerto que su losa cierra, en la tumba.
Todos duermen.
Y el brujo, en el enorme tejado del castillo
clava la vista en la sombra del campo,
los ojos rojizos en las brumas
y en el barro que dispara la tormenta.
La pesadilla.
E.N.R.D
15/09/2007
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