Alex Courant
Poeta adicto al portal
Mis labios reconocen
haber buscado el blanco de tu nombre
en la delgada boca de las olas.
Haberte buscado cuando tu cuerpo de pan
aún se cocinaba en la hornada
y tus senos empezaban a desplegar
al cielo, tímidos, como montes.
Haberte buscado, nítida nebulosa,
entre las constelaciones alejadas
y las estrellas de los platanares
cuando de la tierra, recién,
nuestros nombres empezaban a crecer
juntos como una enredadera.
Reconocen mis ojos haberte bebido
como un fruto de párpados abiertos
y haberte anticipado boca
entregándote a mi hambre.
A abrirte camino entre los pastizales
y recorrerte entera, llama crepitante,
para con tu fuego apagar mi sed.
Mi corazón confiesa haberte cultivado
en el sereno jardín de la noche
y haberte regado con el agua
de cada pensamiento.
Reconocen mis manos ser culpables
de forrarte de hierro en la metalurgia
y clavarte como una daga
en lo profundo de la sangre.
Culpables son de andar trayendo tu rostro
en la caricia de las letras.
De darte el pretencioso oficio de musa
para este sangrar profuso
que el corazón llama poesía.
haber buscado el blanco de tu nombre
en la delgada boca de las olas.
Haberte buscado cuando tu cuerpo de pan
aún se cocinaba en la hornada
y tus senos empezaban a desplegar
al cielo, tímidos, como montes.
Haberte buscado, nítida nebulosa,
entre las constelaciones alejadas
y las estrellas de los platanares
cuando de la tierra, recién,
nuestros nombres empezaban a crecer
juntos como una enredadera.
Reconocen mis ojos haberte bebido
como un fruto de párpados abiertos
y haberte anticipado boca
entregándote a mi hambre.
A abrirte camino entre los pastizales
y recorrerte entera, llama crepitante,
para con tu fuego apagar mi sed.
Mi corazón confiesa haberte cultivado
en el sereno jardín de la noche
y haberte regado con el agua
de cada pensamiento.
Reconocen mis manos ser culpables
de forrarte de hierro en la metalurgia
y clavarte como una daga
en lo profundo de la sangre.
Culpables son de andar trayendo tu rostro
en la caricia de las letras.
De darte el pretencioso oficio de musa
para este sangrar profuso
que el corazón llama poesía.