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Poco importa que ese nacimiento brinde extasiadas uvas:

Constantino

Poeta recién llegado
<<Poco importa que ese nacimiento brinde extasiadas uvas
y se tuerza el cielo en índigos rizos de estrellas,
porque recae solemne al añejo de un sauce
una gota de mi espesura,
y revivo en otra era y en otra pluma>>.

¿Me he forjado de lo extinto? ¿No es este mi tiempo?
¿Es que acaso no me forman las mismas partes?, ¿no duelo?
¿No apetezco como todos engranarme entre pieles y besos
como tormentas de bastas y desahogos?,
y ¡¿por qué me paran mis cimientos?!,
¡¿no es mi combustible de jolgorio?!, ¡¿no es mi cáliz de sosiego?!
¿Serán siempre mis alas como el olvido
y mis huellas borradas por el mar que arrastro?

Nunca que había prendido como un fósforo de cólera,
nunca que había soltado perros rabiosos al bosque,
nunca que había olvidado en niebla de un soto al aplomo,
nunca que había (harto y triste) dejado mi cuerpo caer a un arroyo aciago,
nunca que había comido pan huero, de desconsuelo, y musgo.

Así: entrando pantanal de lamentos y embrollándose con una boca hirviendo,
con una lenta tiniebla de fragante aliento,
se densificó en esporas de licor la noche
y esta era febril como un néctar aterciopelado imantando siderales rotaciones.
Escultural, bella, y perdida como algo roto, erraba ella
besando no mis labios sino unos labios
y yo no explorando su cuerpo sino un cuerpo:
Tan nebulosamente íntimos, y cierto, tan etéreamente distantes.

¡Oh ingente soledad sin ausencia!, desabrimiento rompiendo planetas,
desolación como susurros inadvertidos, y a la vez hervía,
descendía en espirales hacia su penetrado extasío
que exprimiendo jadeos, sudor, fervor, sangre, tornasoles
envolvía fragosamente con su fondo sobre una fresca y alborada holgura.

Divagadores ojos que emigraron a recónditos caminos del extravío,
timoratos evitaban los suyos, anonadados se suprimieron en desconcierto.
Vasto dolor e imbuido deleite que amaneció,
y un consecuente sentido insaciable, contrariado, fullero, interminable,
¡farsante que fui del claroscuro salvaje!
cortando alba como un pesado metal de displicencia.
Oh deambuladora mañana con final quebrado, abrumado, derrumbado,
embelesado, eclipsado me tiré al abismo del sueño.

No supe qué fue de mi consistente mesura,
ni sabía qué menoscabó su abonanzada templanza,
sin embargo la percibía más turbia que antes, más inclinada,
y mi naturaleza más quebradiza, más blanda y seca,
derrumbándose poco a poco como una estatua de arena.

Al día siguiente, adentrado, escribiendo y solo:
deshilando rubros destellos, calculando frías aceras,
censando sus cabellos, formulando mi peso en tinieblas,
indagándome, estudiando ese remordido laberinto,
mientras crecía más confuso, perturbado y callado tras cada pensamiento,
creí haber escuchado la caída de una gota,
subsecuentemente acaudalé una calma insonora
y delicadamente dejé la pluma sobre la hoja.


Constantino H.
 
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