Flotando en el aire perpetuo de una noche de verano, mi cuerpo se desintegra ante la malévola radiación del dios Orión. Sólo mi alma sobrevive al naufragio de una posesión maldita. Que incuba para sus adentros el gas letal que, tarde o temprano, la ha de adormecer hasta dejar mi esencia esquelética. Como el cadáver secular que duerme en el sepulcro maculado de un suicida, que en vida decidió renegar del dios eterno. No obstante, ningún temor me atenaza. Sé que mi destino obcecado es la nada increada. Donde allí, suspiros colgados de filamentos pecaminosos han de destruir para siempre mi substancia. Hasta el momento, famélica de horrores de ultra tumba. Pero después, cobarde ante el silencio flagelante de una duración infinita que la ha de llevar a los extremos de la locura.