UNA LINDA HISTORIA
PORQUE LA DUQUESA ME LO HA PEDIDO
Entramos al mesón y nos sentamos.
Una lareira con pote,
flanqueada por dos recios escaños
de madera de castaño,
daba la bienvenida al visitante.
El pote escupía un vapor denso de berzas
que inundaba toda la estancia.
Vapor ácido, caliente, sabroso.
Al fondo, sentada en banco de lareira,
la señora Antonia se hurgaba las cuencas,
y trataba de quitarse de sus ojos ciegos
legañas imaginarias.
Espeso el humo del roble que ardía,
se impregnaban de madera nuestras ropas,
mojadas del sudoroso caminar.
El can Lucas, que así le llamaba el ama,
roía sobre sus patas un hueso blanco
de caña de ternera.
Le hacía el amor al poco tuétano
que del hueso derramaba.
Mientras, sus ojos de miel,
y sus cejas arqueadas,
miraban al ama, con los bigotes hundidos en la caña,
y la cara ladeada. El otro can,
un botarate de pelo cano
con una mancha parda en la espalda,
miraba de reojo a su hermano,
y con envidia a la caña.
La anciana señora Antonia,
que ahora palpaba,
desgranaba maíz sobre su saya negra
de gallega viuda.
Mientras, la niña Aurora puso platos de loza
sobre un mantel de hule
y nos sentamos a cenar.
Fuera llovía copiosamente
y de vez en cuando
se oían los plañideros mugidos
de una vaca en el establo.
No son más que vivencias de una etapa
en el Camino de Santiago.
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Chu