Luis Elissamburu
Poeta fiel al portal
Solía burlarme de mi tia abuela cuando buscaba denodadamente sus anteojos de leer, mientras los mismos colgaban de su cuello con el prolijo cordón que evitaba que los perdiera. Pensaba en mis ocho años que nunca jamás me pasaría lo mismo.
Subía y bajaba las escaleras de su viejo departamento de la calle Viamonte, desafiando la gravedad y todas las leyes de la física, ignorando la razón por sus repetidas quejas hacia la falta de ascensores.
La vejéz y su decadencia no me eran comprensibles. No me dolían los pies, ni me faltaba el aire. Todo el tiempo era mío, para gastarlo rápido y con cierta violencia.
No se cuando el reloj me alcanzó. No sentí ningún golpe. Nadie se animó a llamarme viejo.
Subía y bajaba las escaleras de su viejo departamento de la calle Viamonte, desafiando la gravedad y todas las leyes de la física, ignorando la razón por sus repetidas quejas hacia la falta de ascensores.
La vejéz y su decadencia no me eran comprensibles. No me dolían los pies, ni me faltaba el aire. Todo el tiempo era mío, para gastarlo rápido y con cierta violencia.
No se cuando el reloj me alcanzó. No sentí ningún golpe. Nadie se animó a llamarme viejo.