Melquiades San Juan
Poeta veterano en MP
Ahí andan los muertos llorando por los vivos. Las viudas y las madres dolientes no paran de llorar. Luces de veladoras asoman sus destellos inquietos a través de las rendijas de las viejas puertas. Se oyen murmullos que no pueden ser otra cosa que rezos. Diario suenan a muerte los campanarios. Los campaneros vuelven lúgubres los sonidos de las campanas, más lúgubres cada día, es un repique que se han aprendido de memoria al tocarlo tantas veces. Hay tumbas sin nombre en los panteones donde descansan cuerpos sin rostro, sin identidad, cuerpos desconocidos, cadáveres que vinieron a aparecer ya mudos por la muerte, ni cómo saber por el sonsonete si era de estos rumbos o venía de lejos. Las viejas dicen que esos que no tienen nombre se volverán fantasmas, pero la gente joven ya no cree en los fantasmas, son tantos -dicen- que entre ellos tienen para ajustarse las cuentas en el más allá.
¡Ay por los viejos muros que han perdido su paz de siglos, por las paredes encaladas que han quedado manchadas de rojo, por los callejones que se comieron el último eco desesperado antes del disparo fatal! ¡Ay por por las calles de polvo y piedra, quién escuchará los pasos que nunca se volvieron sonido de andar a las carreras, huyendo o persiguiendo!
Hasta el viejo río, casi seco, ha llegado la barbarie. El remanso ha perdido su virginal pureza, los tallos de los Sabinos tienen heridas de bala, ráfagas. Las piedras con su cuerpo de tortugas son esclavas de su miedo, atadas al lodo sin poder correr. Brazos de ramas, ancianos sagrados se volvieron horcas improvisadas. Y este pueblo de paz y sabiduría ancestral cierra ahora sus puertas, cruza las aldabas, echa en los pasillos el agua bendita y reza La Magnifica para mantener lejos de sus entradas a los demonios que andan como locos bebiendo sangre y miedo.
Ahí andan los muertos por las calles, han vuelto a la vida, han salido de sus tumbas para ver a sus simiente antes de que venga el vendaval de fuego y se pierda toda huella de la faz de la tierra en ese mundo breve pero intenso que es su pequeño pueblo.
¡Ay por los viejos muros que han perdido su paz de siglos, por las paredes encaladas que han quedado manchadas de rojo, por los callejones que se comieron el último eco desesperado antes del disparo fatal! ¡Ay por por las calles de polvo y piedra, quién escuchará los pasos que nunca se volvieron sonido de andar a las carreras, huyendo o persiguiendo!
Hasta el viejo río, casi seco, ha llegado la barbarie. El remanso ha perdido su virginal pureza, los tallos de los Sabinos tienen heridas de bala, ráfagas. Las piedras con su cuerpo de tortugas son esclavas de su miedo, atadas al lodo sin poder correr. Brazos de ramas, ancianos sagrados se volvieron horcas improvisadas. Y este pueblo de paz y sabiduría ancestral cierra ahora sus puertas, cruza las aldabas, echa en los pasillos el agua bendita y reza La Magnifica para mantener lejos de sus entradas a los demonios que andan como locos bebiendo sangre y miedo.
Ahí andan los muertos por las calles, han vuelto a la vida, han salido de sus tumbas para ver a sus simiente antes de que venga el vendaval de fuego y se pierda toda huella de la faz de la tierra en ese mundo breve pero intenso que es su pequeño pueblo.
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