Isaías Súvel
Me gusta más el seudónimo ARREBATADO DE TERNURA.-
PUNZANTE CONVENIENCIA
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Dices que debo amarte,
a pesar de mis largas esperas.
Amar tus evasivas y evasiones,
amar tus inacabadas cavilaciones,
amarte por siempre acá afuera.
Amar tu espíritu de brisa,
tu intangibilidad, tu acariciadora pose,
tu pose débil y sutil como la seda.
Amarte con pasión de amor, de pena,
de ansiedad lejana, inalcanzable,
de desdicha, de cuidado y de condena.
Pues te veré pasar por tu vereda,
en tu esplendor radiante y erguido;
y yo siempre escaso y reprimido,
no podré tenerte en mi guarida,
Indignamente recamada y remecida,
por el llanto inútil de mi amor;
de mi tormento eterno relegado,
de mi sollozo lleno de clamor.
Y otra vez a campo descubierto,
mi mano irá vacía en el viento,
del otoñal sendero ensortijado,
por hermosas hojas tan dolientes,
como el fondo de mi pecho abandonado.
Debo amarte caminando solitario,
por esas sendas tantas veces vistas,
en esas tardes tristemente perfumadas;
gritándole a la nube ensangrentada,
mi desdicha continua y mí condena.
Amarte porque eres frágil y ajena,
porque la ciencia no basta en entenderte;
porque no matas, pero mandas a la muerte,
porque caminas cual la luna llena.
Porque cargas a mí con tu peso,
en conciencia y en enérgico aderezo,
de sudor, de trabajo y de fatiga,
de ascendentes y descendentes cuestas.
Mientras tú, en tu pose débil vives siempre,
sin don de mando, pero mandas simplemente,
en mi mundo donde mi vergüenza es solo,
no escuchar de ti respuesta buena.
Debo amar tus colores usurpados,
a la aurora boreal y al irisado
arco que en las nubes se suspende;
exacerbando así el desapego,
a la noble misión que encierra,
por ejemplo, el trabajo de un labriego.
Debo amar tu atetado al tiempo,
a los plazos que en la vida se cumplen,
de llagar juntos a una cumbre
y mirar desde allí la mansedumbre
de las clases de amores existentes;
Ahí en la coqueta estancia de las vidas,
donde bajo horas y nubes están sumidas,
y que elevar su vuelo nunca pueden,
y que de cruzar fronteras están prohibidas.
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Dices que debo amarte,
a pesar de mis largas esperas.
Amar tus evasivas y evasiones,
amar tus inacabadas cavilaciones,
amarte por siempre acá afuera.
Amar tu espíritu de brisa,
tu intangibilidad, tu acariciadora pose,
tu pose débil y sutil como la seda.
Amarte con pasión de amor, de pena,
de ansiedad lejana, inalcanzable,
de desdicha, de cuidado y de condena.
Pues te veré pasar por tu vereda,
en tu esplendor radiante y erguido;
y yo siempre escaso y reprimido,
no podré tenerte en mi guarida,
Indignamente recamada y remecida,
por el llanto inútil de mi amor;
de mi tormento eterno relegado,
de mi sollozo lleno de clamor.
Y otra vez a campo descubierto,
mi mano irá vacía en el viento,
del otoñal sendero ensortijado,
por hermosas hojas tan dolientes,
como el fondo de mi pecho abandonado.
Debo amarte caminando solitario,
por esas sendas tantas veces vistas,
en esas tardes tristemente perfumadas;
gritándole a la nube ensangrentada,
mi desdicha continua y mí condena.
Amarte porque eres frágil y ajena,
porque la ciencia no basta en entenderte;
porque no matas, pero mandas a la muerte,
porque caminas cual la luna llena.
Porque cargas a mí con tu peso,
en conciencia y en enérgico aderezo,
de sudor, de trabajo y de fatiga,
de ascendentes y descendentes cuestas.
Mientras tú, en tu pose débil vives siempre,
sin don de mando, pero mandas simplemente,
en mi mundo donde mi vergüenza es solo,
no escuchar de ti respuesta buena.
Debo amar tus colores usurpados,
a la aurora boreal y al irisado
arco que en las nubes se suspende;
exacerbando así el desapego,
a la noble misión que encierra,
por ejemplo, el trabajo de un labriego.
Debo amar tu atetado al tiempo,
a los plazos que en la vida se cumplen,
de llagar juntos a una cumbre
y mirar desde allí la mansedumbre
de las clases de amores existentes;
Ahí en la coqueta estancia de las vidas,
donde bajo horas y nubes están sumidas,
y que elevar su vuelo nunca pueden,
y que de cruzar fronteras están prohibidas.
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