Antonio del Olmo
Poeta que considera el portal su segunda casa
En el paseo marítimo, junto a la playa, se encontraba el mendigo tumbado en el suelo. No había puesto la gorra para recibir las monedas, no tenía fuerzas para pedir limosnas, no podía moverse: se estaba muriendo. Todos los veraneantes paseaban sin fijarse en él, hasta que una señora mayor, acompañada de su marido, exclamó:– ¡Qué escándalo! ¿Nadie hace nada? ¡Esto no se puede consentir!
La señora tampoco se había fijado en el mendigo, había mirado a un grupo de muchachas ataviadas con reducidos bikinis que pasaban ante él.
– Claro que no. No deben usar el bikini fuera de la playa – respondió el marido, sin dejar de mirar atentamente a las muchachas.
Todo pasaba desapercibido: el sol, las nubes, las olas, las gaviotas... y la muerte.
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